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Un gallinero de alta tensión

Dos hermanos de Arteixo crían aves aprovechándose del vallado de una torreta de la red de suministro eléctrico

Autor:
Alberto Mahía
Fecha de publicación:

Son gallinas poco corrientes. A pesar de que sobre sus crestas viajan 20.000 voltios. Son distintas a las demás porque tienen por corral una torre de alta tensión. Como lo leen. Mirar el gallinero y frotarse los ojos es todo uno. Está en Oseiro, una parroquia de Arteixo cuyos 1.200 vecinos llevan diez años rogando a Dios que les quiten de encima las líneas de alta tensión. Las gallinas, por el momento, no se han pronunciado. Y no es por falta de huevos. Ponen docena y media a la semana.

Son veintiún ejemplares y viven donde viven porque hace seis meses los hermanos José Luis y Manuel Meirás salieron a pasear y el cerco que rodea las torres les encendió la bombilla. Pensaron que era una pena desaprovechar la valla y el terreno que guarda. Así que fueron a comprar unas gallinas -las primeras cuatro les salieron por 22 euros-, levantaron una caseta de madera para que se protegiesen de la lluvia y a comer huevos se ha dicho.

Los hermanos Manuel y José Luis Meirás son los creadores del gallinero. La suya es una sociedad limitada. O más bien limitadísima, sin otro capital social que la rutina diaria de cargar con verduras, pan reseso y pienso para el engorde de las aves.

No se detienen ahí las atribuciones de esta sociedad limitada: por las mañanas, Manuel o José Luis se interesan por cómo han pasado la noche Punki (la que tiene una pintoresca cresta), Fátima (la más guapa y lozana, bautizada así en recuerdo a un viejo amor), o Candelaria, la más garbosa del gallinero.

José Luis recuerda que también llegaron a tener nueve gallos. Pero llegó Navidad y los mudaron a la olla. Tras hacerlos zancos, el corral quedó sin machos, pero los Meirás han recuperado la sonrisa de sus vecinos. Porque los novios de las gallinas no les dejaban dormir, recuerda Manuel.

El avicultor no es un gallina. Cuando la Guardia Civil se le acerca para advertirle de que ese no es un lugar adecuado para criar aves, se defiende como gallo de pelea. «No le hago daño a nadie. Todo lo contrario, pues las gallinas mantienen limpia la torreta», esgrime. Por eso, cada día, pese a todo, sigue vistiéndose para ir al gallinero. No tiene otro empleo que ese. «No podemos trabajar, así que el gallinero es lo único que nos entretiene», aclara.

 

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