Dos conductores habituales de las competiciones clandestinas en Barbanza explican que antes de retarse recorren varias veces el trayecto para evitar que los localicen
09 sep 2007 . Actualizado a las 02:10 h.«As sensacións que teño cando me subo no coche e compito por ser máis rápido que os outros pilotos son extraordinarias». Así se expresa Julián, uno de los jóvenes que participa en las carreras ilegales que se desarrollan en varios viales de Barbanza. Uno de sus compañeros de batallas, Ángel, sabe que lo que hacen no está permitido, pero se escuda en que no tienen otra manera de dar rienda suelta a su pasión por conducir «a todo gas».
Estos dos muchachos dicen que no hay demasiados controles en la zona, pero aseguran que cuando sienten el aliento de la policía o de los agentes de seguridad, «sabemos cómo eludir a vixilancia». Afirman que antes de cada reto que van a afrontar recorren varias veces el circuito hasta que se aseguran de que no hay «mouros na costa». Si antes, durante o después de la competición notan algo raro, una simple llamada perdida al móvil y salen «voando da estrada en menos que canta un galo».
Son conscientes de la vigilancia a la que se someterá esta zona tras confesar su irresponsable diversión de fin de semana, pero dicen estar acostumbrados a variar los escenarios para sortear la presencia de curiosos o de cualquiera que pueda entorpecer lo que ellos califican como desafíos. «Non somos heroes nin figuras do automobilismo, tan só queremos pasalo ben. Se non nos deixan aquí, buscaremos outros lugares», subrayan como si jugarse su propia vida y la de los demás fuese algo que mereciese la pena por un subidón de adrenalina.
Pasión a fondo
Una docena de carreteras son las más utilizadas por los muchachos en Barbanza para pisar a fondo el acelerador y hacer rugir los motores, pero cada vez que se abre un nuevo vial o se mejora el pavimento de otro, son estos los que más despiertan su curiosidad para comprobar si su automóvil «pórtase».
Julián y Ángel aseguran que cuidan sus coches como si se tratase de sus propias novias y los amoldan a su antojo, con cambios de motor y un diseño de la carrocería que lo haga más deportivo. Además, lo acompañan con un interior de lo más fashion y un equipo de música de alta tecnología para «fardar diante dos amigos e demostrar que é o mellor».
Mantienen que es su forma de divertirse e, irónicamente, de vivir. Dicen que tienen ilusión por la vida y encadenan justificaciones de lo más peregrino, como que ellos son como los toreros que saltan a un ruedo con la intención de completar una magnífica faena. Lo que pasa es que lo que ocurre con la tauromaquia también pasa en estas carreras: hay pocos maestros y muchos aficionados, pero todos se llevan una cornada al menor despiste.
En el caso de estos supuestos pilotos, su inexperiencia y el exceso de confianza es lo que hace que su supervivencia dependa en cada reto de un hilo muy fino. Por supuesto, lo de que su conducta temeraria pueda afectar a personas que sólo pasaban por allí tampoco entra en sus pensamientos.
Aun así, dicen que les sucede como a la mayoría de la gente. Que les afecta enterarse de la muerte de un conductor y sus acompañantes. O si alguien tiene que pasar el resto de su vida enganchado en una silla de ruedas o pegado a una máquina debido a un accidente cuando circulaba a 180 kilómetros por hora. Pero horas después vuelven a correr sin acordarse de que acaban de enterrar a un amigo.
Afán de notoriedad
«Non pensan nos graves riscos que entraña participar nunha carreira ilegal», dice el teniente coronel José Luis Ulla sobre estas carreras clandestinas y sus participantes. El responsable de la Guardia Civil de Tráfico en Galicia añade que estos comportamientos responden al afán de notoriedad o a querer ser figuras del automovilismo. Agrega que las familias colaboran con esas actitudes facilitando los deseos de sus hijos, comprándoles coches, sin valorar las consecuencias que pueda acarrear.
Algunas autoridades locales reconocen que saben de la existencia de estas carreras y que desde ese conocimiento es como hay que intentar frenarlas. Mientras tanto, otros se engañan al negarlas o no querer oír hablar de ellas.