Hace tan sólo dos decenios Vigo contaba con prácticamente la mitad de su actual parque móvil. Sólo 98.200 coches se movían de un lado a otro de la ciudad, frente a los 166.328 inscritos ahora en el Concello. A ellos se suman otros 152.000 que pasan o llegan a las calles olívicas cada día, haciendo que ese incremento haya minimizado la operatividad de las primeras grandes infraestructuras viarias con las que ha contado Vigo desde la llegada de la democracia.
La apertura de Rande a finales de los setenta; de la peligrosa autovía a O Porriño y salida hacia la Meseta en 1992; la prolongación de la autopista desde la ría a Puxeiros en 1999 y hacia Tui y Val Miñor en el 2003; la entrada en funcionamiento de la primera circunvalación real de la ciudad en el 2005, y el corredor de O Morrazo en el 2006, no han servido más que para absorber la multiplicación del parque automovilístico vigués, que suma cuatro mil nuevos coches cada año.
La endémica lentitud con la que se resuelven los proyectos de infraestructuras en Vigo explica que no cuente todavía con un vial de futuro con el que repartir a sus conductores y evitar los fuertes colapsos que cada día registra Rande, con más de 75.000 pasos cada jornada; la atascada avenida de Madrid, o los imposibles accesos a las playas a lo largo del litoral de la ciudad.
Desde 1998 se plantea duplicar la A-55 y aliviar la densidad de la autovía de O Porriño. Los Presupuestos del Estado de los tres últimos años han contado con partidas para ello, pero el trazado todavía esta por concretar. Varios años lleva debatiéndose también sobre la construcción de un nuevo puente de unión con O Morrazo o la ampliación del de Rande. La Xunta promete una rápida solución, incluso para colocar la primera piedra el próximo año. Pero también aguardan la nueva autovía a Pontevedra (A-57), el desdoblamiento del corredor que lleva a Cangas y la ronda de la ciudad, mientras el metro, que eliminaría 80.000 coches del centro, parece que tendrá que esperar.