Posee el Jofre, entre otras prodigiosas virtudes, la magia necesaria para hacer que los espectadores, sobre cuyas cabezas flotan las musas en el iluminado firmamento, no solo vean el escenario, sino también sus recuerdos
24 ago 2010 . Actualizado a las 20:35 h.Ya lo comentamos en otra ocasión, y más concretamente a finales del 2005, cuando el Jofre acababa de ser restaurado. Pero tal vez no esté de más volver a preguntarnos, a propósito del teatro, si no será en verdad muy cierto que lo más fuertemente imaginado (aquello que por uno, o mejor incluso por muchos, se sueña hasta que se transforma en materia tangible) es en efecto capaz de variar el curso de la historia. «Ou como mínimo, ao converterse en realidade -decíamos entonces, y perdón por recurrir a la autocita, género lamentable donde los haya-, cambiar para sempre a alma das cidades».
Nos lo preguntábamos en aquel momento, y como salta a la vista ahora nos seguimos interrogando igual que entonces, ante la persistencia de las dificultades para explicar el nacimiento del Jofre en un tiempo en el que en Ferrol sobraban sombras y escaseaba terriblemente la esperanza. Aunque, en cualquier caso, hoy estamos más convencidos que nunca de que de tanto como Ferrol soñó el Jofre, la ciudad, a pesar de todas las dificultades, acabó por convertir su deseo en un teatro. Corría el año 1862 -todos los años corren; como nadie ignora, el tiempo tiende siempre a marcharse apresuradamente, por lo que cabe suponer que ya entonces las agujas de los relojes girarían a más velocidad de la que desearían quienes estaban viendo que se les acababa el tiempo- cuando se constituyó en Ferrol la primera sociedad destinada a impulsar la construcción de lo que el Jofre sería más tarde.
La Huerta del Comandante
Dos años después, la Armada cedía para tal fin la denominada Huerta del Comandante de los Arsenales. En 1871, el Ayuntamiento decide ceder parte de un solar para que la superficie disponible, unida a la de la citada huerta, fuese más grande. Y ese mismo año, la corporación municipal aprobó los primeros planos, obra del arquitecto Marcelino Sors Martínez.
Si nuestros datos no están equivocados -por ahí andaría la cosa, en cualquier caso-, la primera piedra del edificio se colocó el día 1 de enero de 1872, pero un par de años después la obra ya se había paralizado por falta de fondos.
En abril de 1879 surge, como tantas otras veces providencial, la figura de Andrés Avelino Comerma, el ingeniero que construyó el Dique de la Campana, quien presenta ante la Junta de Accionistas una serie de reformas destinadas a hacer viable, económicamente, la construcción del edificio. Pero el impulso definitivo aún tardaría en llegar, puesto que no fue hasta julio de 1889 cuando se consiguió por fin el apoyo económico definitivo para las obras del edificio, que llegó de la mano del industrial ferrolano, residente en Buenos Aires, Joaquín Jofre y Maristany. El teatro, que recibió el nombre -más bien el apellido- de su mayor benefactor, fue inaugurado el día 19 de mayo de 1892, con la representación de El alcalde de Zalamea .