Silencioso testigo de las luchas irmandiñas

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro FERROL/LA VOZ.

FERROL

El castillo de Moeche, hoy felizmente restaurado tras haber padecido largos años de abandono y de alarmante deterioro, vio luchar en el siglo XIV a las fuerzas de Roi Xordo contra las de Nuño Freire de Andrade, «O Malo»

23 jun 2010 . Actualizado a las 16:02 h.

Recuerdan los investigadores que fue en el siglo XIV, allá por los tiempos en los que Fernán Pérez de Andrade O Bóo señoreaba estas tierras, cuando se alzó el castillo de Moeche. Cuando se alzó por vez primera, entiéndase, porque en el siglo siguiente sería derribado... y vuelto a alzar de nuevo. Mandaba entonces, tanto en la fortaleza como en las tierras que la rodean -y en varias fortalezas más, y en otras bastantes tierras...-, un Andrade muy distinto a su antepasado. Tanto que, de sobrenombre, en claro contraste con el Bóo del Fernán Pérez del siglo XIV, le pusieron O Malo . Y éste, el malo, era Nuño Freire de Andrade, naturalmente.

El ordeno y mando de Don Nuño parece que no tenía al personal demasiado contento. Cosa que ya le hicieron saber en la primera revuelta de los irmandiños, en la que, en torno a la figura de Roi Xordo, los sublevados se agruparon en lo que dieron en llamar A fusquenlla . Pero sería tres décadas más tarde, alrededor de 1467, cuando los irmandiños, sublevados de nuevo, no solo conseguirían tomar la fortaleza, sino que acabarían destruyéndola gracias a las fuerzas de la entonces llamada Irmandade Xeral , que desató la conocida por aquellos años como A gran guerra . El resto de la historia, ya se sabe: los sublevados acabaron siendo derrotados de nuevo, igual que en tiempos del lengendario Roi Xordo ya lo fueran, y la fortaleza de Moeche, una de las que habían destruido cuando la suerte les era propicia, tuvieron que acabar reconstruyéndola. Hoy, en el interior del castillo, son fácilmente reconocibles buena parte de los restos de la construcción primitiva, cuyo diseño no coincidía exactamente con lo que hoy vemos. Era bastante más modesto. Bien se conoce que los que mandaban, al tener mano de obra tan barata a plena disposición de sus deseos, optaron por agrandar la construcción, para que allí a nadie se le volviese a ocurrir pasarse.

El fantasma que no aparece

A los ingleses, como nadie ignora, les agrada sobremanera tener en sus castillos, siempre, algún espectro. Pero aquí no hay costumbre, o por lo menos no es cosa frecuente. Entonces, si tú llegas a Moeche esperando encontrarte por allí al fantasma de Nuño Freire, lo más fácil es que tengas que quedarte con las ganas de verlo. Aunque también es posible que el problema sea la hora, y que lo que durante el día no se asoma, por la noche haga acto de presencia. De todas formas, aunque el castillo no tenga fantasma dentro, «queridos amigos y compañeros -citemos siempre a los clásicos- de la nave del misterio», recorrer su interior es una delicia. Sobre todo, si uno lo hace en compañía de Faustino, que te va contando cómo se encontró un valiosísimo puñal en el interior del pozo, dónde se colocaban los hombres de armas con sus saetas y dónde se encendía el fuego...