San Felipe, centinela de la puerta del Atlántico

FERROL

La fortaleza, muy brillante ejemplo de la arquitectura militar del siglo de las Luces, jugó un papel decisivo en la victoria frente a las tropas inglesas, que llevó a Napoleón a brindar por los «valientes ferrolanos»

16 mar 2010 . Actualizado a las 16:36 h.

Cierto: parte de lo que hoy es el castillo de San Felipe existía ya en tiempos de Su Majestad El Rey Felipe II, hombre en cuyos dominios no se ponia el sol, y monarca, por otra parte, de sentido del humor más bien escaso. Y pocas dudas caben de que algunas de las piedras de tan magnífica fortaleza vieron a la mal llamada Armada Invencible cuando todavía conservaba sus navíos intactos. Esa armada que, según cuentan las crónicas, y a ver quién es uno, sobre todo tratándose de lo que sucedió cuando todavía no estábamos, para poner en duda lo que dice nadie, fondeó en la ría de Ferrol, buscando refugio contra una tormenta, cuando se disponía a salir a mar abierto para dirigirse a las islas británicas... sin saber lo que allí le esperaba.

Podríamos recordar aquí lo de «yo no envié mis barcos a luchar contra los elementos», y todos los comentarios que tales afirmaciones felipescas llevan siglos generando, pero igual no es el momento. Conviene más, casi, a tal hora como esta, seguir avanzado. Y para avanzar de manera dedicida no hay como citar a Napoléon Bonaparte, que brindó, quiere decirse que hizo un brindis, e se non è vero è ben trovato , por los «valientes ferrolanos», cuando se enteró de que el general británico Pultney había fracasado en su intento de tomar, como entonces se decía, la plaza, durante el ataque inglés a Ferrol del 26 de agosto de 1800. Fuese como fuese la jornada, que incluyó la ya legendaria batalla de Brión (entre los historiadores hay interpretaciones para todos los gustos), lo que parece incuestionable es que el castillo de San Felipe jugó un papel decisivo a la hora de convencer a los ingleses de que casi pagaba la pena volver a subirse a sus barcos y no meterse en más gastos.

Ni la única, ni la primera

Pero no fue esa, es decir aquella, la primera -ni por supuesto la única- ocasión que tuvo de sacar pecho el castillo de San Felipe; ya en 1639, cuando la fortaleza distaba mucho de ser lo que hoy vemos -cuando ni se parecería, siquiera, a lo que de ella hicieron los ingenieros de la Ilustración-, el almirante francés Henri D'Escableau de Sourdis intentó tomar Ferrol sin éxito alguno gracias, precisamente, a las fuerzas acuarteladas en la fortaleza... y a los cañones que gustaban de disparar de vez en cuando.

Cuando éramos niños -que alguno lo fuimos, nadie se extrañe- se decía que hubo un tiempo en el que desde el castillo de San Felipe se tendía hasta el de A Palma una gigantesca cadena que cerraba la ría ante la llegada de cualquier navío no deseado. Después dimos en pensar que aquello era un cuento, en el sentido del término más alejado de la realidad. Un cuento muy hermoso, pero ficción al fin y al cabo. Pues resulta que no (que no era una ficción, vaya, sino verdad bien acreditada). Hoy se sabe, sin lugar a dudas, que tal barrera existía; y que en efecto la cadena, o los cables que cumpliesen su función, atravesaban la boca de la ría, en los momentos de mayor esplendor de la fortaleza de San Felipe, siempre que era necesario. Aunque no era en el castillo de A Palma donde se fijaba su extremo sur, sino en el de San Martín. Aquel cierre de la ría era, además, un cierre (vamos a decirlo así...) flotante, ya que la tal cadena, o lo que hiciese sus funciones, se apoyaba sobre botes, o sobre maderos dispuestos a manera de balsas, para evitar que se fuese al fondo.

A día de hoy, junto al propio castillo de San Felipe, todavía son visibles los anclajes del artilugio, que pueden contemplarse durante la marea baja.