La villa, que es un ejemplo de la mejor convivencia entre la arquitectura tradicional de Galicia y la belleza de un paisaje privilegiado, mantiene intacto su carácter de enclave intemporal, de territorio casi imaginario
01 mar 2010 . Actualizado a las 21:05 h.También en este caso sucede así, por suerte. Es una de las mayores magias posibles, de las que a pesar de su grandeza se repiten a diario. Son caminos del mar, todos los de Redes. Con independencia de que vengas o vayas. Incluso si es por tierra por donde viajas. Porque si es allí donde estás, incluso si no tocas las aguas del Atlántico (que en ese tramo de costa llevan dentro de sí esas otras aguas que son las del Eume, el río de trovadores y de mitrados y de caballeros de lanza, que desemboca no muy lejos de allí, tras haber bendecido buena parte de lo que hemos dado en llamar la Última Bretaña), decir Redes es decir el mar, por cómo le abre la villa al océano sus brazos y por cómo su abrazo es correspondido de inmediato. Si aceptamos, y así lo haremos, que la literatura no es solo lo que nos llegó por escrito o lo que alguna vez fue cantado, sino también lo que se perdió entre silencios, habrá que convenir, aunque Homero lo callase, que es más que probable que al puerto de Redes ya arribase en el pasado algún barco de Ítaca. Uno de esos navíos acostumbrados a esquivar las traiciones de las sirenas de aguas lejanas -unas sirenas de una raza muy falsa, que nada tienen que ver con las nuestras, que son bastante más simpáticas además de leales y francas- y a escuchar las amenazas de Poseidón sin hacerles ni puñetero caso. Pongamos que caminas entre las primeras casas; las que rodean, haciendo frontera con algunas arboledas muy viejas, una villa que tanto tiene de pueblo encantado. Paseas en una mañana de relativa calma en el aire, mientras la tempestad se acerca bajo un firmamento agrisado, y oyes salir de la puerta acristalada una femenina voz que clama:
-¡Ulisesssss...! ¡Aparta de ahí ahora mismo! ¡Sacaaaaaaa...!
(Tú te asombras, te extrañas, y buscas al hijo de Laertes, al padre de Telémaco. Al marido de la reina Penélope, aquella que tejía durante el día y de noche deshacía lo avanzado. Al héroe de la guerra de Troya, muy a gritos invocado.)
-¡Ulisesssss...! -repite la misma voz, quizás aún más en alto.
E inmediatamente añade:
-¡Pasa para fuera...!. Larga, que se te va a acordar. ¡Ándame para delante!
Y entonces se produce el milagro. Sale Ulises a la calle, sin apresurarse demasiado, manteniendo la dignidad que se espera de un rey incluso en estos casos. Pero -asómbrense-, como consecuencia de alguna prestidigitación inexplicable, hoy no se parece el héroe ni a Kirk Douglas ni a Armand Assante. Lo han transformado en un ser de pelo de Angora, a medio camino entre un perro de salón y un gato de talla grande.
-¡Ffffzzzzzzzzzzzz...! -te dice el rey de Ítaca, en su nueva y extraña figura, mientras pasa a tu lado. Cuando intentas sacarle una foto, ya ha se ha colado bajo el portal de lo que debe de ser una pequeña huerta, y te quedas sin su retrato. No se le ve ni el rabo. Es lo que tienen las cámaras digitales baratas, que encenderlas lleva un pedazo. Te acercas al puerto, mientras el temporal va arreciendo. «¡Moi grande é o mar!», que diría, poeta, Darío Xohán Cabana. «¡Eihh...! Ten coidado, que enchoupa», te dice uno de los chavales que se encuentran sobre el muelle, y que ya se disponían a marchar, para continuar hablando de sus cosas, en lugar más abrigado. «É que aquí -añade uno de sus compañeros-, a pouco que se levante vento, o mar salta bastante». Cuando se van, cuentan que ya casi no quedan marineros, tampoco, en Redes. Lo dicen apenados, con tono de lástima.