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uerida abuela Tilde: a ti no te hace mucha gracia eso de que yo sea vegetariano. Aunque lo aceptas y me cocinas, cuando voy a tu casa, arroz con verduritas, sé que te encantaría que me comiera uno de esos filetes tuyos, con cama de patatas fritas, que antes me gustaban tanto. Eso se debe a la imagen que tenemos en España de los vegetarianos: gente rarita, tirando a mística, más parecida a grillos que a personas, siempre al borde de la malnutrición. Sin embargo, aquí en Taiwán sucede todo lo contrario. El otro día me cogí la gripe y fueron varios los alumnos que me preguntaron: ¿cómo es posible que estés enfermo, si eres vegetariano? Ya ves, la idea de los taiwaneses es que los vegetarianos somos más fuertes. Cosas de la cultura. Y es que Taiwán es un auténtico paraíso para nosotros, los herbívoros. Como el budismo, una de las religiones dominantes en la isla, promulga la compasión por todos los seres vivos, muchos de sus fieles renuncian a la carne. Así que el país está repleto de restaurantes vegetarianos donde puedo comer platos riquísimos, entre los que se incluyen sorprendentes imitaciones de las gambas, el pollo, o los calamares. Eso sí, tanta bondad no impide que los mosquitos que entran, confiados, en esos templos de la compasión gastronómica, mueran en las crueles trampas eléctricas. A todos nos cuesta reconocer que los bichos son animales (qué fácil es querer a un corderito). Además, en Taiwán los locales no vegetarianos tienen siempre algo para nosotros. Nada que ver con la mayoría de los restaurantes españoles, donde lo más vegetariano que te preparan es un sándwich vegetal que suele incluir, para mi disgusto, huevo o atún (y ya me dirás, cuando vuelva a Cobas, en qué árboles crecen los huevos y los atunes). Menos mal que tú me quieres lo mismo, y en carnavales siempre me separas un buen manojo de grelos y unos cachelos y me lo cueces a parte del lacón. Buda, que también vela por los porquiños gallegos, te lo pagará, seguro, en la próxima vida.