El monasterio al que San Rosendo se retiraba a meditar en el siglo X, cuando el prelado quería alejarse de las servidumbres de la mitra y de la barbarie de su época, mantiene intacta la capacidad de detener el tiempo
08 feb 2010 . Actualizado a las 20:45 h.Las leyendas, que a diferencia de los mitos no tratan de explicar la construcción del mundo que hoy vemos, pero que desde luego ayudan a entenderlo, hablan de que estando San Rosendo -el gran pacificador de la Galicia medieval, el libertador de cautivos por excelencia- en Caaveiro, cuando tan amigo era él de acudir a meditar a aquel monasterio, creyó un día haber ofendido a Dios. Y tras pedirle perdón, decidió no abandonar aquel lugar -en el que, por otra parte, se conoce que estaba bastante contento- hasta que Nuestro Señor le diese permiso para ello. El relato que ha llegado hasta nosotros a través de la tradición oral, recogido por Esperanza Piñeiro de San Miguel y Andrés Gómez, dice que el santo se levantó una mañana, tras haber soñado con el sol, y vio que el día había amanecido triste. Si cuadra, aquella era una jornada, en pleno siglo X, no muy diferente de la que esta misma semana hizo que nos pusiésemos perdidos, hechos una sopa, es decir que nos empapásemos por completo (uno directamente en carne y hueso, y ustedes haciendo el mismo viaje en el corazón del que esto les cuenta) al visitar el monasterio, que también a quién se le ocurre andar por el medio de la fraga sin paraguas tal y como está el invierno. El caso es que el santo, tras haber calificado de «malo» el día, se arrepintió y pidió perdón al Altísimo, ajustándose un cilicio alrededor del cuerpo y cerrándolo con una llave, que tiró al Eume. Y allí se quedó el prelado, en ese lugar en el que el tiempo se detiene tan fácilmente, hasta que la llave arrojada al río apareció en las tripas de un reo que después le sirvieron de cena.
También puede ser -los propios Andrés Gómez y Esperanza Piñeiro lo advierten-, que lo que encontró en las tripas del pez el cocinero del monasterio no fuese la llave del cilicio, sino el anillo del santo. Un anillo que sin duda sería el propio de la dignidad episcopal -lo hicieron obispo a los 18 años de edad, como la historia nos enseña- y no el abacial, porque abad de Caaveiro, en realidad, San Rosendo no era, sino que allí estaba, como quien dice, de pensión.
En cualquier caso, la cantiga popular, siempre muy sabia, contempla la posibilidad de que perdiese las dos cosas a la vez, y así todos de acuerdo: «Unha noite de trebón / San Rosendo tivo medo; / perdeu a chave da casa / e o anelo do seu dedo...». Ahí queda eso. Una letra a la que cada cual, sin problema ninguno, puede ponerle la música que estime más conveniente. El caso es que, más allá de la leyenda, la historia sostiene que la relación de San Rosendo con Caaveiro fue muy intensa. La comunidad religiosa que habitaba entre sus muros, por lo general canónigos de la regla de San Agustín, conservaba documentos en los que el santo, que nació en el año 907 y que murió 70 años más tarde, aparecía citado al menos en cinco ocasiones.
El alba de A Capela
En la iglesia de As Neves, en A Capela -tendremos que acercarnos también un día por allí, si les parece- se conserva, custodiada en un armario que es un relicario dorado e inmenso, la que la tradición, hija de lo que el poeta llamaba «un pobo de grandes creedores», dice que era el alba del santo. Vestidura y armario proceden de Caaveiro, como también el cáliz y la patena que hoy forman parte del tesoro de la catedral de Santiago de Compostela. El gran López Ferreiro consideraba, por cierto, que el alba era auténtica. Dejemos constancia de ello. Y a partir de ahí, que cada cual piense, faltaría más, lo que quiera.
Todo cuanto guardaba físicamente la memoria del santo fue sacado de Caaveiro a mediados del siglo XIX, tras los desastres que la desamortización trajo al patrimonio eclesiástico y cultural. El monasterio acabó en manos privadas, a pesar de las protestas del arzobispado. Pero conforme el siglo avanzaba, apareció, casi providencial, la figura de Don Pío García Espinosa, que se encargó de rehabilitarlo. Consta que en el año 1896, estaba totalmente reconstruido. Pero la muerte de Don Pío en 1906 (allí lo enterraron, como él quería, aunque después se trasladaron sus restos a Pontedeume) trajo a Caaveiro la ruina, de nuevo.