El santuario al que la leyenda atribuye la capacidad de atraer no solo a los vivos, sino también a los muertos, mantiene intacto su carácter de puerta entre dos mundos: el que está ante nuestros ojos y el que aún no vemos
11 ene 2010 . Actualizado a las 14:25 h.Hay lugares a los que parece que uno no va nunca. No porque jamás llegue hasta ellos, sino porque en su caso toda ida parece un regreso. Quiere decirse, con esto -no nos liemos ya al comienzo-, que, como en el caso de San Andrés de Teixido, que es el que ahora nos ocupa, parece que toda ida es un camino de vuelta. Un retorno. El viaje verdaderamente importante, como bien sabe el mundo desde que Ulises retornaba a Ítaca en tiempos de Homero. O sea, que lo que realmente nos pasa con ellos -con sitios así- es que allí siempre estamos volviendo. Y eso los incluye en la lista de los grandes tesoros, sobre todo cuando están cerca.
A San Andrés, a Santo André de Lonxe, Cabo do Mundo, conviene ir con frecuencia. Y no solo en esa obligada ocasión en la que la sabiduría popular aconseja peregrinar de vivo, para no tener que ir allí después de muerto, sino cada vez que uno quiere sentir la cercanía de las luces del misterio. Por cierto: el profesor José Antonio Fernández de Rota, discípulo de don Carmelo Lisón Tolosana y uno de los antropólogos que más atención ha dedicado en Europa al fenómeno de las peregrinaciones, suele decir que la extraordinaria capacidad de atracción que envuelve al santuario y a cuanto lo rodea se asienta, ante todo, en el «estar donde está» Teixido. En un finisterre más, al que solo el llegar «ya requiere esfuerzo». Un esfuerzo en el que, a su vez, hay mucho de búsqueda de uno mismo. Y de purificación, en efecto.
Entre seres de carne y hueso
Conmueve llegar a Teixido cuando las campanas suenan y cientos de romeros abarrotan no solo la iglesia -es limitado el número de los mortales, de las personas de carne y hueso, que caben en el del templo: otra cosa son las almas peregrinas, de etérea naturaleza, que puedan venir, invisibles, con ellos-, sino también cuanto la rodea. A esas horas te venden en las puertas de algunas casas y bajo toldos diversos desde herba de namorar (como si estuviese poco enamorado uno ya, para los tiempos que corren...) hasta sanandresiños de coloreada masa de pan que representan al santo, apóstol hermano de Simón Pedro, a barcas navegadoras de océanos, a cruces y peces de cristianísimo significado y a escaleras que bien podrían servir, al menos simbólicamente, para acercarse un poco al cielo. Además se venden, a esas horas, otras figuras de San Andrés, éstas de material sintético, fabricadas en serie; y enormes lápices de madera; y hasta no hace mucho, minúsculas réplicas de televisores en cuyo interior giraban, ya se sabe que manualmente, diapositivas también minúsculas con imágenes de Teixido que debían haber sido tomadas allá por los años setenta. Y sí, claro que sí: conmueve llegar cuando los peregrinos abarrotan Teixido, naturalmente. Pero más conmueve todavía hacerlo cuando el sol va camino de ocultarse detrás del horizonte y ya no quedan romeros. Porque es entonces cuando el misterio, con la intuición de lo inaprensible, casi puede tocarse con las manos. Cuando se hace más presente. Y esa, además, es la hora en la que más fácil resulta lo que aquí se pretende, que es mirar con ojos nuevos lo que ya se había visto antes. Contemplar de otra forma lo que no teníamos precisamente lejos.
Con el crepúsculo
Llegas a San Andrés de Teixido, pongamos por caso, bajo el crepúsculo de una tarde de enero (junto a la carretera, un coche parado con el espejo roto; ha sido un caballo de monte, que pasaba corriendo, cuenta la conductora, que espera la llegada de la Policía Municipal de Cedeira, a la que acaba de avisar por su teléfono móvil), y ves que, frente al Atlántico, nada de extraño hay en que los prodigios adquieran carácter cotidiano. Circunstancia que facilita, entre otros posibles milagros, la flotación de las barcas de piedra. Entre las sombras, a las puertas ya del pueblo, aparece un perro abandonado, mojado y frío. Cuando comprueba que no llevas nada que puedas darle de comer, desaparece entre la maleza. Entonces te explican que siguen siendo muchos los desaprensivos que conducen hasta allí para abandonar sus animales, con el convencimiento de que no podrán regresar a la ciudad desde tan lejos. Llegan apresurados en sus coches -¡por desgracia sucede eso desde hace tanto tiempo...!-, obligan a bajar a sus animales y salen huyendo.
(Después, claro, son los vecinos de Teixido quienes, como han hecho siempre, los alimentan cuando se les acercan.)