La investigación coordinada desde Galicia se llevó a cabo en Cataluña
¿Por qué una persona que come mucho y variado apenas engorda y a otra que ingiere la mitad de calorías se le acumulan las grasas? Si ambas practican un estilo de vida similar, la diferencia está en el metabolismo, en la manera en que cada una quema y digiere los alimentos. O, si se prefiere, en los genes. Que la genética también está relacionada con la obesidad es algo que ya se intuía, aunque solo se han hallado unos pocos genes relacionados con el fenómeno, pero ahora un equipo de investigadores españoles ha dado un paso más allá al demostrar por primera vez que, en la regulación del peso, no solo influye el ADN nuclear, el que transmite el grueso de la carga genética, sino también el ADN mitocondrial, el que se transfiere exclusivamente por vía materna.
Es más, los investigadores del Centro de Investigación Biomédica en Red-Fisiopatología de la Obesidad y la Nutrición, que coordina desde Santiago el doctor Felipe Casanueva, han demostrado que el genoma mitocondrial actúa como una máquina de quemar grasas.
Depende de la cantidad
El estudio, que ha merecido la portada de la revista científica Obesity , aporta dos grandes conclusiones. Por un lado, que existen más polimorfismos (variaciones genéticas entre individuos) de los que se pensaba que hacen que una persona sea más susceptible que otra a engordar. Y, por otro, que en función de la carga de genoma mitocondrial que haya recibido un individuo, este tendrá mayor o menor tendencia a ganar o reducir kilos. «Una persona con poco ADN mitocondrial no cuenta con capacidad suficiente para quemar grasas, mientras que otra que lo tenga más elevado tendrá una menor propensión a ser obesa», explica el investigador Francesc Villarroya, que ha dirigido la investigación en colaboración con Joan Villarroya y Marta Giralt.
¿Qué significa esto? En la práctica, la línea iniciada por los investigadores españoles abre la puerta para que en el futuro puedan diseñarse fármacos específicos dirigidos a conseguir una mayor cantidad de ADN mitocondrial en las células, lo que se traduciría en un freno a la acumulación de grasas. «Pensamos -constata Francesc Villarroya- en el desarrollo de fármacos cuya función sería la de aumentar esta carga genética, que es algo que no será fácil conseguir, pero sí que es una vía prometedora y una alternativa que puede ofrecer buenos resultados». Otra opción que deja abierta la aplicación de la investigación es el desarrollo de terapias genéticas para tratar la obesidad, aunque este campo requiere de mucho más trabajo aún.
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