Una ciudad que acabó por ser un territorio literario, el fermento de la imaginación

La Voz

FERROL

Cuando Gonzalo Torrente Ballester hablaba del Ferrol que lloró la catástrofe de Trafalgar hablaba, precisamente, de aquel Ferrol que, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, era una isla en tierra. La amurallada ínsula de líneas rectas, repleta de ingenieros y de uniformes, a la que envolvía por todas partes una Galicia mágica. También, por su puesto, por la parte del mar. Detrás de la muralla, poderosamente artillada (los baluartes que sobreviven dan buena cuenta de lo que fue, a pesar de las dificultades con las que se alzó), estaban desde la primera cárcel pública con la que contó Galicia, en la que los presos no tenían que depender de la caridad o de sus propios recursos para subsistir; también hospitales, e iglesias de nueva traza, y casas pensadas para aprovechar mejor la luz del sol. Y el Arsenal, claro, con los barcos. Siempre el Arsenal...