José María Fernández Pérez, Pepe Molenuco, hoy octogenario, se quedó huerfano de padre en 1935 e ingresó en el hospicio de Ferrol de entonces, una institución laica empapada del espíritu pedagógico de la II República: iban al cine Rena o los llevaban al teatro, después de ponerlos de punta en blanco. El golpe de Estado supuso un cambio a peor: unas monjas lo tomaron a su cargo y se suprimió el cine «porque nos pervertía», les decían. Y regresó un tal Luis Cereijo, que había sido expulsado por las anteriores autoridades por su fanatismo fascista, dice Pepe en el relato que también recoge el libro. El cambio fue brutal: rosario y memorizaciones religiosas. Salió con 16 años, se casó a los 19 e ingresó en Bazán tras recibir clases de delineación y administración. Durante años se convirtió en una persona anónima, ni se relacionaba públicamente con los primeros opositores al régimen: era el encarrgado del aparato clandestino de propaganda del PC.