María Elena Calvo, suegra de José Seco, muestra su temor: «Atopámonos moi malcontentos, porque que entre un día, vale, pero é que repiten e non é casualidade. É xente que coñece isto e que nos tiña máis que vixiados», explicó. Apunta que el sitio es muy frecuentado por los automovilistas, por encontrarse en la carretera principal y hallarse un centro de lavado de coches en la parte trasera de la gasolinera. «O único bo disto é que non fixeron estropicio», dice. Esa parte buena de lo malo también la comparte Jose Tojeiro, un joven que trabaja en la cafetería O Trasno desde febrero, mes en el que cambió de dueños el local. «Esperamos que sea la primera y última vez. Es preocupante, pero lo importante es que no le hicieran nada a nadie», señala. Pero la sombra de la duda queda en el día a día. «Por el bar pasan cientos de personas y se escucha de todo», argumenta reconociendo que muchas veces se descubre escudriñando a desconocidos y preguntándose si podría ser el ladrón. Admite sentir inseguridad. «Ahora -describe- siempre que llego me fijo si la luz que advierte de si ha saltado la alarma está o no encendida y miro por todo el bar por si pudieran haber vuelto y estar esperando dentro». Un pensamiento compartido: «Conocían demasiado bien el local: a oscuras consiguieron abrir la caja y sabían dónde estaba el bote de las propinas».
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