Un trabajo con olor a flores

TEXTO Beatriz Antón FOTO Marcos Creo

FERROL

La madre se hizo florista por la reconversión naval y su hija decidió seguirle los pasos por vocación: ahora disfrutan juntas vendiendo aromas a los ferrolanos

29 mar 2009 . Actualizado a las 03:00 h.

A Olga Basterrechea lo que más le gusta de su trabajo es hacer centros. Su hija, en cambio, disfruta de lo lindo preparando ramos y adornos para las bodas. La primera se pirra por el amarillo; el verde es el color de la segunda. Y si se les pide que elijan una flor o una planta, tampoco se ponen de acuerdo. Olga madre dice que algo muy sencillo -tal vez una florecilla silvestre-, mientras que su hija se queda con una hoja cualquiera, porque las hojas «son bonitas» y «siempre hacen hogar».

Sin embargo, sí hay algo en lo que las dos coinciden al cien por cien. Y eso es lo mucho que disfrutan con su oficio. «Aunque yo me formé en la Escuela Española de Arte Florar, de mi madre aprendí muchísimas cosas: a tratar con la gente, a preparar los tronos de Semana Santa y, sobre todo, a querer la profesión», dice orgullosa Olga Gómez, la sucesora de Basterrechea al frente de la floristería Toxo de Ferrol.

Pero para contar esta historia como es debido primero hay que remontarse hasta mediados de los ochenta. Porque sin la reconversión naval que trajeron aquellos años, probablemente la floristería Toxo no existiría hoy en día. Olga Basterrechea, su fundadora, cuenta que ella y su marido decidieron montar el negocio poco después de que él, ingeniero técnico naval, se quedase sin trabajo en los astilleros. «Antes habíamos tenido unos invernaderos, así que ya estamos familiarizados con la cultura de las flores», explica Basterrechea.

Sin embargo, el destino quiso que fuese ella quien finalmente se quedase en el timón de la tienda. «El mismito día que la abrí, a mi marido lo llamaron para trabajar en Imenosa», cuenta esta mujer simpática y cercana echando la vista atrás. Así que Olga se quedó sola ante el peligro. «Recuerdo que la primera vez que vi un trono de Semana Santa casi me echo a llorar, porque no sabía ni por donde empezar», apunta entre risas.

Pero el tiempo es una buena escuela. Y Olga, a base de mucho trabajo y de formarse con floristas de Santiago y A Coruña, consiguió convertirse en toda una profesional.

Hoy en día, veinte años después de montar la tienda, asegura que se siente muy feliz de que su hija haya querido seguir sus pasos. «¿Por qué? Pues porque, aunque esta profesión es muy dura y no tiene horarios, también es muy gratificante: mi marido siempre me dice que hay pocos oficios como este, en el que además de pagarte te digan que has hecho un trabajo muy bonito, y creo que tiene razón».

Olga, su hija, opina exactamente igual que ella. Y no se extraña de que su madre hable con tanta pasión de la profesión: «Cuando abrió la tienda yo tenía 10 años y recuerdo perfectamente que en esa época mi madre casi nunca venía a dormir a casa, porque se tenía que quedar a trabajar por las noches; sin embargo, nunca jamás la oí quejarse». La admiración es mutua y también a Basterrechea le sobran halagos para hablar de su hija: «Es una gran profesional y en lo que respecta al trato con el cliente, no hay quien la gane».

Oyéndolas hablar, nadie diría que al principio, cuando comenzaron a trabajar juntas, tuvieron algunos roces. «Es que las dos somos muy pasionales y muy temperamentales», explica Olga hija. Pero eso es algo que ya ha quedado atrás. «Ahora trabajamos muy bien juntas», dice la madre.

A las dos les gustaría que en España hubiese más cultura floral. Que adquirir flores fuera algo así como comprar el periódico o el pan. Porque las flores, dicen, apagan las penas. «Y además -concluyen las dos- alegran la vida y el corazón».