Zapateros por la reconversión

TEXTO Beatriz Antón FOTO José Pardo

FERROL CIUDAD

La crisis del naval llevó a un soldador de Neda a poner tapas y hacer remiendos; ahora que ya lo ha dejado, su mujer y su hijo han tomado el mando del negocio

01 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Si Mercedes Rodríguez y su hijo Miguel Ángel se ganan las habichuelas remendando zapatos, se lo deben a dos cosas: por un lado, a la famosa reconversión naval de los años 80, y por otra, a un sueño infantil.

Tras el mostrador, con su bata azul y una dulce sonrisa, Mercedes toma la palabra para tejer la historia del negocio desde sus comienzos. Cuenta que ella y su hijo son zapateros porque antes lo fue su marido, Manuel Pérez, un soldador de la vieja Astano que hace ya más de veinte años, como otros muchos compañeros, se vio de patitas en la calle por culpa de la dichosa crisis del naval. Fue entonces cuando el operario decidió plantarle cara a la vida montando un establecimiento de reparación de zapatos en Neda.

«A él siempre le había atraído el oficio, y de hecho, su madre me contó que de pequeñito muchas veces le decía que de mayor quería ser zapatero», explica Mercedes echando la vista atrás. Además, Manuel ya apuntaba maneras. «Fíjate si es así que ya antes de montar el negocio, estando aún en Astano, él mismo se fabricaba sus zapatos», explica orgullosa su mujer.

El caso es que en esa nueva aventura laboral, el ex soldador de los astilleros de Fene arrastró primero a su mujer. Y más tarde, a su hijo, aunque en contra de su voluntad, porque «él siempre prefirió que el niño estudiase», cuenta Mercedes.

Pero, paradójicamente y por cosas de la vida, el destino quiso alejar a Manuel de los zapatos y las botas. De su nuevo y querido oficio. El sector naval volvió a llamar a su puerta con la intención de repescarlo para la vida laboral. Y él aceptó. «Mi hijo y yo nos quedamos entonces al frente del negocio... Y hasta hoy», explica Mercedes.

Tras pensarlo mucho, madre e hijo decidieron trasladar el negocio a Ferrol, donde ya llevan nueve años. En la calle María reparan zapatos, como hacía antes Manuel, pero también fabrican llaves, copian mandos y hasta arreglan paracaídas.

Mercedes y Miguel se llevan a las mil maravillas, así que nunca saltan chispas. «Si yo le tengo que mandar algo, pues lo hago, pero también ocurre lo mismo al revés; aquí no hay jefes ni subordinados, somos un equipo», explica el palo de esta historia.

Mientras ella habla, Miguel está a lo suyo. Apenas suelta palabra. Con las manos pintadas de negro por la faena, anda de aquí para allá, comprobando un tacón o poniendo en marcha las máquinas. «Cuando estoy en la tienda me concentro mucho en mi trabajo, pero luego, cuando salgo aquí, desconecto enseguida», explica algo tímido.

Tanto él como Mercedes cuentan que el negocio no va mal, aunque las crisis les ha empezado a mostrar sus uñas. «Podría parecer que no, porque es lógico pensar que la gente compra menos y repara más, pero también hay mucho producto chino y mucho mercadillo con zapatos a 6 o 10 euros, así que, sí, la crisis se nota y quien diga lo contrario es que miente», advierte Mercedes.

El comercio empieza a llenarse. Llega el momento de la despedida. ¿Algún consejo antes del adiós? «Pues que un buen calzado, a la larga, es lo mejor... Y no solo para el que lo repara, sino también para el que lo utiliza».