Los dos se llaman Eduardo, los dos nacieron en junio y los dos comparten faena tras el mostrador de uno de los bares con más solera de Ferrol: el Bahía
07 ago 2008 . Actualizado a las 14:26 h.Los asiduos del Bahía conocen bien las marcas de la casa. Una de ellas es el «café con corazón», que los dos Eduardos -padre e hijo- dibujan «con mucho amor», con la espuma de la leche, para sus clientes. Y la otra son sus tapas: las croquetas, la ensaladilla y la tortilla que hace años, nada más ponerse al frente del local, preparaba con mucho esmero Purificación, la madre de Blanco, y que ahora, con la misma receta y el mismo mimo, continúa elaborando cada día su esposa, Margarita Elizechea.
Cuentan el hijo -también Eduardo, como su padre, aunque éste le puso el apodo de Charlie y ya no hubo forma de que se apeara de él- que ahora la bechamel se hace con la misma «paciencia» que hace 38 años, cuando Eduardo Blanco se hizo cargo del negocio. El «palo» de esta historia explica que se puso al frente del Bahía en el año 1970; antes había trabajado en el restaurante de la Feria de Muestras y en la cafetería Munich de la calle Real, pero le surgió la oportunidad de alquilar el local de la plaza de España y él no se lo pensó dos veces.
La vida entonces era muy diferente. El Bahía estaba siempre lleno de clientes y la caja registradora no dejaba de sonar. «Eran los tiempos buenos de Ferrol; la Marina funcionaba a tope y también se notaba que venía mucha gente del campo de fútbol del Inferniño», explica Charlie. «Y no es solo que hubiese más gente, es que el tipo de consumición también era muy diferente; en esa época se estilaba mucho el café con licor, el vermú y, ya por la noche, los cubatas... Aquí había gente a diario hasta las dos o las tres de la mañana, cuando ahora, a las diez y media, las calles parecen poco menos que un desierto», apostilla el padre echando la vista atrás.
Es cierto que los tiempos actuales no son tan boyantes Se nota en la calle, en las tiendas, y también detrás del mostrador del Bahía. «Al final de mes las consumiciones bajan un montón; la crisis está ahí y no hace falta hacer muchos esfuerzos para verla», advierte Charlie.
La profesión
A pesar de los pesares, y de las crisis -que padre e hijo acusaron, sobre todo, después del cierre de los Galicia, «cuando abrió el centro comercial Odeón»-, a los dos Eduardos les gusta su profesión. El hijo lo tuvo claro desde muy pequeño. Empezó con sólo 13 años, echando un cabo -«aunque parezca mentira, al chico le gustaba fregar los platos», explica el padre entre risas- y a los 22, después de hacer el servicio militar, empezó a trabajar «ya en serio». «Ésta es una profesión muy sacrificada, pero a mí me gusta; es muy agradable poder charlar con la gente, escucharla... ¡Si hasta hay veces que hacemos de psicólogos!», explica Charlie sonriente.
Hablando del negocio, de su presente y de su pasado, se nota que al hijo de Eduardo Blanco le ilusiona saber que mucha gente ha sido feliz entre las cuatro paredes del Bahía. Hubo una época en la que la sala trasera del local -donde decenas y decenas de jóvenes han visto pasar las tardes jugando al parchís y a las cartas, disfrutando del fútbol o haciendo carambolas en el billar- era un lugar propicio para los encuentros amorosos. A Cupido le bastaba con una luz tenue y unos cómodos sillones para poder actuar. «Mucha gente me dice que aquí se casó, aunque nosotros no le oficiamos la ceremonia», dice Charlie con cara de pillo.
Y es que, ya se sabe. En el Bahía, hasta el café se hace con corazón.