El parricida de Gerona, según los expertos, es un caso psiquiátrico «de libro»
Alrededor de 3.000 personas, un 4,2 % de los más de 73.000 reclusos que hay en España, padece una enfermedad mental grave, más de la mitad son hombres de entre 30 y 50 años y la mayoría, ocho de cada diez, no estaban controlados ni seguían un tratamiento antes de delinquir e ingresar en prisión.
Este es el retrato, a grandes rasgos, de la salud mental en las prisiones que ha dibujado el subdirector de Coordinación de Sanidad Penitenciaria, José Manuel Arroyo, con motivo de la celebración en Madrid de un semanario en el que han participado expertos del ámbito judicial, sanitario y de instituciones penitenciarias.
Según los expertos, el 25 % de la población reclusa tienen diagnosticados algún trastorno mental y en la mitad de estos casos se trata de una depresión reactiva que puede ser pasajera y otro tanto está relacionado con el consumo de drogas o alcohol.
Por lo que respecta a los trastornos graves suelen ser psicosis esquizofrénica o paranoide, o algún trastorno bipolar.
Además, la mitad de estos reclusos han tenido contacto con la Justicia por delitos menores que finalmente le llevan a prisión, y un 56 % también ha ingresado previamente en un hospital.
En opinión de José Manuel Arroyo, el problema surge «cuando abandonan el hospital, vuelven a su entorno, no siguen un tratamiento ambulatorio y, tiempo después, protagonizan una agresión -ocurre en un 85 % de los casos- o cometen un delito más grave como un homicidio».
José Manuel Arroyo también indicó que aunque una cárcel «no es el mejor lugar para tratar a un enfermo», la asistencia sanitaria en los centros penitenciarios ha avanzado mucho en los últimos años y ha logrado que España, subraya, «esté por encima de la media europea en cuanto a la detección, tratamiento y control de estos trastornos».
En el transcurso del seminario se puso como ejemplo el caso del parricida de Gerona que el pasado jueves decapitó a su hija de dos años porque así se lo había dictado «el diablo», que es un caso bastante claro de crimen cometido por un enfermo mental grave, delitos que, en la mayoría de los casos -aseguró Arroyo- «son incomprensibles e inesperados».
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