Si hay un lugar en Afganistán donde las tropas españolas podrían esperar gratitud es en la localidad de Sang Atesh, en la provincia de Badghis, una tierra teñida del color del pistacho. Y sin embargo es ahí donde han matado a uno de sus soldados. Sang Atesh se ha llevado la mayor parte de la ayuda al desarrollo que tiene presupuestada España. Concretamente, el gasto ha ido a la construcción de un puente sobre el río que divide el pueblo en dos. Hablamos de menos de 20.000 euros, una cifra que lo dice todo: sí, existen programas de cooperación; no, no son una prioridad. El puente ha resultado una bendición para quienes hasta ahora tenían que caminar largas distancias buscando un vado, sobre todo en primavera cuando el río se convierte en un torrente. Pero no es por eso por lo que lo han construido las tropas españolas, sino por su necesidad logística de hacer practicable la ruta que va de Qala-i-Now a Herat. Si hay un objeto que muestra la relación complicada y a veces contradictoria entre reconstrucción y ocupación, entre operación de paz o de guerra, es ese puente de Sang Atesh.
El puente ha atraído a la zona a los guerrilleros, que saben que los convoyes ahora tienen que cruzar siempre por ahí. De paso les ha proporcionado una fuente de financiación, porque nadie puede evitar que los contratistas con los que trabaja el Ejército paguen religiosamente su impuesto de protección a los talibanes. En el 2006 el Gobierno afgano aseguraba que no los había en esta provincia donde la población es mayoritariamente tayika, no pastún. Pero al año siguiente el CNI ya calculaba su número en unos cientos, que en el 2008 ya eran 2.000. El año pasado, la inteligencia afgana llegó a contar hasta 85 grupos distintos con cerca de 3.000 guerrilleros, que quizá procedan en su mayor parte de los enclaves pastunes que hay más al sur, en la provincia de Farah. Como no es su terreno, prefieren recurrir a los explosivos en las cunetas, pero esto es también una tendencia general en Afganistán. Hace tres años, eran así un tercio de los ataques, el año pasado dos tercios. Por eso hay que entender que lo que ha ocurrido no es un atentado (una terminología que no tiene sentido en este contexto) sino una rutina bélica clásica: el hostigamiento.
Si consideramos solo los muertos en combate, las tropas españolas son todavía las que se encuentran en la zona más segura (los canadienses, de los que tan poco se habla, han sufrido casi un 25% de bajas respecto al tamaño de su destacamento). Tan solo si la OTAN reactivase la guerra cuando el tiempo mejore, podrían complicarse las cosas en la provincia de Badghis. Pero, tras la conferencia de Londres de la semana pasada, en la que se verbalizó por primera vez el cansancio de los norteamericanos, eso ya no es lo más probable. El fracaso de las elecciones les ha hecho replanteárselo todo y la nueva estrategia pasa ahora por negociar con los talibanes para integrarlos en la reconstrucción del país. Se han dado ya los primeros pasos en esa dirección, con una entrevista en Dubái entre el enviado para Afganistán de la ONU, Kai Eide, y el grupo de jefes talibanes conocidos como «la shura de Quetta». También se habla de un fondo de 140 millones de dólares para comprar voluntades.
La gran guerra moral con la que todavía sueñan algunos va camino de acabar en un soborno masivo, en la línea de lo que se hizo para asegurar la retirada de Irak. Los escépticos se han apresurado a recordar que en Irak los suníes iban perdiendo entonces, mientras que los talibanes van ganando (si es que a crear caos en lo que ya era caos se le puede llamar ir ganando). Como todos los años desde hace nueve, será la primavera la que traiga la respuesta, cuando se vea si las aguas que pasan bajo el puente de Sang Atesh vienen más tranquilas o de nuevo bajan rugiendo.