En Bruselas empieza a cundir el pánico porque casi todas las encuestas apuntan a que la abstención en las elecciones al Parlamento Europeo será la más alta de su historia. Y es que en plena recesión económica e inmersas en una crisis institucional de difícil salida, las instituciones comunitarias temen que su legitimidad quede en entredicho si las urnas se quedan por tercera convocatoria consecutiva con menos de la mitad de los votos que deberían llenarlas.
La Eurocámara presentó hace unas semanas varios spots de vídeo que pretendían animar la participación, pero que de momento no ha tenido demasiado éxito: una encuesta en la página del Parlamento en Internet, donde están colgados los anuncios, refleja que el 81% de quienes la visitan ni siquiera los han visto.
Ahora, la oficina española de la institución ha lanzado otra estrategia, titulada «Europa hasta en la sopa», que quiere concienciar a los ciudadanos de que votar el 7 de junio les interesa porque las decisiones de la UE les afectan en todo: las horas de luz al día, la duración y condiciones de su jornada de trabajo, el agua con la que se duchan, el desodorante con el que se perfuman y la calidad de los alimentos que consumen, incluida la sopa de sobre... Todo está regulado por alguna norma comunitaria, según asegura el personaje que presenta la campaña, que se llama Luisa Fernández y dice vivir en Pontevedra.
La idea es ingeniosa, tanto o más que los vídeos, aunque el problema, quizá, no es que los europeos no adviertan la relevancia que tiene Europa en su vida cotidiana, sino que duden de la capacidad de su voto para influir en la forma en la que se deciden todas esas cosas. Porque aunque es verdad que la Eurocámara participa en el proceso legislativo, también lo es que el poder real siguen en manos de los Gobiernos. En definitiva, son ellos, a través del Consejo y de la Comisión, los que deciden cómo se etiqueta la sopa de sobre.