¿Y a mí de qué me sirve la UE?

Juan Oliver

ESPAÑA

El poder que los instrumentos de decisión de la Unión Europea otorgan a los Gobiernos ralentiza la toma de decisiones y diluye el interés ciudadano por los asuntos europeos

24 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Desde que el Prestige se hundió frente a las costas de Galicia hasta que la Unión Europea se dotó de normas eficaces sobre seguridad marítima para garantizar que nunca más tendría que encarar un accidente similar, pasaron seis largos inviernos. Tiempo más que suficiente como para que otro viejo petrolero monocasco pudiera haber partido de un lejano puerto del Báltico en condiciones precarias, y sin que ninguna autoridad controlara la idoneidad de sus condiciones técnicas para navegar por las aguas de la Unión.

El Prestige provocó en el año 2002 la peor marea negra de la historia de Europa, pero hasta hace bien poco los europeos siguieron desprotegidos frente a la posibilidad de que se repitieran sucesos similares. En ese tiempo, las instituciones comunitarias se dedicaron a discutir y discutir los detalles de la normativa común que debería vincular a todos los Estados miembros, pero sin llegar a una conclusión eficaz hasta hace un par de meses. Con esos antecedentes, ¿a alguien le extraña que los ciudadanos consideren a la UE un entramado lejano, lento, gris y ajeno a sus preocupaciones?

Encuesta

Hace pocas semanas, el Parlamento Europeo abrió en su página web un sondeo destinado a medir el nivel de interés sobre las elecciones a la Eurocámara. Se preguntaba a los internautas por el grado de debate que advertían en su país sobre el asunto, y se ofrecían cuatro respuestas: «Muchísimo, no se habla de otra cosa»; «Algo, los debates están empezando ahora»; «No lo suficiente», y «¿Qué elecciones?».

Un 70% de los encuestados se acogió a las dos últimas opciones, y solo un 4% prefirió la primera. Uno de cada cuatro potenciales electores, es decir, más de noventa millones de personas si se extrapolan los datos al total del censo, ni siquiera sabían a un mes vista de los comicios que en unas semanas podrían ejercer su derecho a elegir a sus representantes en el Europarlamento. Más de un 76% declararon que esa institución no tiene influencia alguna sobre su vida diaria.

Visto lo visto, a nadie debe extrañar que esas mismas encuestas prevean una altísima abstención en las elecciones de junio, que será muy superior a la media que registran las elecciones nacionales, regionales o locales de cualquier país de los Veintisiete. Y aunque es un dato preocupante no debería sorprender demasiado, porque la participación nunca ha superado el 50% desde que se celebró la primera convocatoria en 1979. El diagnóstico es claro: Europa se aleja progresivamente de los europeos. ¿Alguna vez estuvo verdaderamente cerca de sus intereses?

El proceso decisorio de la UE confiere a los Gobiernos casi todo el poder, porque es el Consejo, en el que están representados, el que decide a fin de cuentas el color político de la Comisión y el que da el visto bueno, enmienda o rechaza la inmensa mayoría de las propuestas de ley que esta redacta.

Competencias

El Parlamento, pese al progresivo incremento de competencias que ha tenido en los últimos años, y que verá reforzadas cuando entre en vigor el Tratado de Lisboa, apenas tiene capacidad de iniciativa legislativa. Así que su papel suele quedar relegado al de veedor, o como mucho, supervisor cualificado de textos legales ya acordados por los Gobiernos. Más aún cuando los eurodiputados se ven constantemente sometidos a la presión de sus Ejecutivos nacionales, para votar en función de los intereses de cada país y no de las necesidades globales del conjunto.

El creciente desapego que muestran los europeos hacia las instituciones de ese entramado burocrático que se ha construido en Bruselas tiene mucho que ver con esa certeza de que su voto no les permitirá cambiar las cosas. Porque sea cual sea la opción que elijan, modificar los complicados instrumentos que rigen el funcionamiento de la Unión, y hacerlos más democráticos, sencillamente no está en sus manos.

Después de que el Prestige cementara de chapapote la costa gallega, la UE prometió que nunca más volvería a suceder algo similar en sus aguas. Y es cierto que esa promesa se ha cumplido finalmente. Pero probablemente la falta de noticias al respecto se debe más a la buena suerte que a la pericia de la UE para reaccionar a tiempo ante los problemas de sus habitantes.