¿Por qué se apresuró la ministra de Defensa en anunciar por sorpresa la retirada de Kosovo de forma unilateral y sin coordinarla con sus aliados? ¿Por qué le dio luz verde Zapatero? ¿No previó la tormenta diplomática que se avecinaba, que iba a provocar ira y frustración en la OTAN y una profunda decepción en la nueva administración de Obama? ¿Por qué no fue consultado el ministro de Exteriores, que conoció la medida una vez ya tomada por Zapatero y Chacón?
Las respuestas a estas preguntas sobre actuaciones difíciles de comprender políticamente hay que enmarcarlas dentro de la situación de extrema debilidad del Gobierno, de su insoportable levedad. Carme Chacón es (¿era?) la gran esperanza blanca de Zapatero, una joven política de 37 años en claro ascenso, la ministra mejor valorada, la primera que mandó ponerse firmes a los militares y supo conectar con la gente al viajar en la recta final de su embarazo a lugares tan peligrosos como Afganistán y el Líbano.
Chacón sonaba para sustituir a la vicepresidenta Fernández de la Vega e incluso como recambio del mismo Zapatero en el 2012. En ese contexto, la Moncloa y la misma Chacón creyeron que la imagen de la ministra saldría reforzada si anunciaba el repliegue de forma contundente, demostrando autoridad e independencia. Dicho de otra forma: se trataba de repetir el escenario de Irak -en realidad muy diferente-, que tantos réditos proporcionó a Zapatero nada más llegar al poder. Un fatal error de cálculo político, además de un desastre diplomático, que dice mucho del mal momento que vive el presidente y de la escasa pericia política de la ministra.
El desaire a Moratinos, cuya credibilidad como jefe de la diplomacia Zapatero ha puesto en entredicho al dejarlo al margen de la polémica decisión, dice mucho también de la preocupante descoordinación que existe en el Ejecutivo. No solo en el área económica, donde son públicas las discrepancias entre Solbes y Sebastián, y en la cultural, con la pelea entre el propio Moratinos y César Antonio Molina, sino también entre Defensa y Exteriores.
Zapatero tomó la decisión a toda prisa, sin explicarla y pactarla con los aliados de la OTAN, sin ni siquiera escuchar al responsable de Exteriores, que hubiera tenido mucho que decir sobre la oportunidad o no del momento y la forma elegidos. Era un asunto fácil de resolver, con el que el PP estaba de acuerdo, pero la torpeza del Gobierno lo ha complicado al máximo.