Era un ministro descontado. La dimisión de Mariano Fernández Bermejo tiene una clave claramente electoral a solo seis días de las elecciones gallegas y vascas. Para José Luis Rodríguez Zapatero era mejor desprenderse de un ministro fundido ahora, aun dando satisfacción a Rajoy, que esperar, porque su participación en una cacería junto al juez Baltasar Garzón, además careciendo de la preceptiva licencia, estaba haciendo daño al PSOE y suministrando munición al PP.
Desde Moncloa se habían ocupado de filtrar que Zapatero solo esperaba el momento para quitárselo de encima. El ex ministro Saavedra había abierto la veda -nunca mejor dicho- contra Bermejo, diciendo que debía dimitir. Ayer mismo, Patxi López y José Bono reflejaban el estado de ánimo en el PSOE: la cacería no ha gustado nada a ningún socialista. Zapatero, no obstante, reconocía anoche en Antena 3 que no era su intención destituir a Bermejo, aunque consideró su decisión de ejemplar.
En la sesión de control del pasado miércoles en el Congreso, el presidente del Gobierno, muy enfadado con sus torpezas e imprudencias, no tuvo más remedio que defenderlo de las críticas de Mariano Rajoy, pero recordó que el propio ministro había calificado su encuentro con el magistrado como inoportuno. Ese día, el cazador doblemente cazado se resistía a dimitir porque tenía que «trabajar por este país». Aún le restaban unos segundos de gloria cuando desde la bancada socialista le gritaron «¡torero, torero!» mientras él les brindaba su faena.
Bermejo se había convertido en el gran argumento electoral de Rajoy, en el salvavidas inesperado para capear el temporal de los espías y la corrupción que tenía contra las cuerdas al Partido Popular. Demolido por el principal partido de la oposición, abandonado por Zapatero y los suyos, no le quedaba otra solución que marcharse o seguir causando estragos en el PSOE a pocos días de las elecciones. Entendió el mensaje que emanaba de Moncloa y optó por arrojar la toalla. Más valía una dimisión a tiempo que propiciar el vuelco en Galicia y perder la ocasión de desplazar a Ibarretxe. Mantener al ministro de Justicia hubiera supuesto, quizá ya sea inevitable, un daño considerable en las urnas.
Su sustitución por el ceense Francisco Caamaño es también un guiño a Galicia a solo seis días de las elecciones: es el cuarto ministro gallego en el gabinete de Zapatero.