El Partido Popular era hasta ayer un mar de dudas. Pero el discurso de Esperanza Aguirre ha abierto lo ojos a casi todos, que tienen claro ya que tendrán que optar entre al menos dos modelos de partido muy diferentes. En ese ambiente, el discurso que pronuncie hoy Mariano Rajoy en el debate de investidura será el primer documento relevante que los populares manejarán tras la derrota del 9-M para orientarse en la dirección a tomar en un partido divido como nunca desde la llegada de Aznar.
La tarea de Rajoy para contentar a todos se antoja imposible. Los defensores a ultranza del ideario clásico -la vieja guardia de Zaplana, Acebes y compañía- medirán con lupa el énfasis que ponga en la negativa a cualquier diálogo con ETA, a un giro en la política antiterrorista defendida hasta ahora y a cualquier concesión a los nacionalistas. La duda más nimia en ese terreno será interpretada como una traición y enconará aún más los ánimos de quienes se sienten injustamente desplazados pese a haber cargado con la parte más dura de la labor de oposición.
Sin catastrofismo
En el lado contrario, el de quienes defienden no solo una renovación de caras como la emprendida sino una regeneración del discurso -centristas y líderes regionales como el catalán Sirera o el gallego Feijoo- verían con muy malos ojos que Rajoy repitiera el discurso catastrofista que ha despachado en los últimos cuatro años.
El presidente del PP deberá hacer equilibrios entre esas dos posiciones si quiere sumar el máximo apoyo de cara al próximo congreso del partido. Pero a esa complicada pirueta que deberá ejecutar sin perder el hilo del discurso de Zapatero -que puede sorprender, según algunos socialistas-, se suma otra dificultad.
Tras el golpe de efecto de Aguirre, que no es precisamente partidaria de Rajoy y Zaplana pero que en modo alguno representa la renovación en el partido, el líder del PP debe evitar que cualquiera de las partes de su discurso se interprete como una cesión a las presiones de la presidenta de Madrid. Aunque tampoco le conviene enfrentarse abiertamente a ella. Lo dicho, una acrobacia de la que será difícil salir indemne.