Doce personas de distintas clases sociales, ocupaciones y ciudades portuguesas explican los motivos por los que su país se ha hundido en el pozo de la crisis, y necesita el rescate internacional y una transformación que les devuelva la esperanza
10 abr 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Nadie hay más crítico con Portugal que los propios portugueses. Son duros con sus políticos, pero más incluso con ellos mismos. La petición de ayuda económica internacional ha acabado por demostrarles que vivían equivocados, que estaban instalados en una realidad inexistente e inconsistente.
Pero a la par de ese espíritu crítico, los portugueses muestran un ansia de cambio que quizás tarde en cuajar o no lo haga nunca por el omnipresente poder de su aparato burocrático. Si algo o alguien logra canalizar ese afán de reforma, gran parte de Portugal muestra indicios de estar dispuesto a seguirlo, porque el país quiere una nueva revolución y dejar atrás su larga y profunda crisis. Ese es el retrato robot de las ansias y preocupaciones de doce personas de distintas localidades de Portugal, de diferentes clases sociales y ocupaciones que relatan para Extra de La Voz de Galicia su visión de por qué el país se hunde en su propia crisis y necesita del rescate de la Unión Europea y el FMI.
Fernando Branco Viana podría ser el arquetipo de todos ellos e incluso de buena parte de los portugueses. Unos 42 años de trabajo en el sector naval y con dos hijos cree que no se puede dejar a las nuevas generaciones una situación económica y social que ya es difícil de soportar en estos momentos. «Les prometimos otras cosas; modernidad, una sociedad europea y ellos no están habituados a pasarlo mal, a vivir con 400 euros, y por eso hay que hacer algo». Pese al pesimismo generalizado y al sentimiento de frustración colectivo Branco cree que «las cosas están cambiando», pero quizás sea más un deseo que una realidad en un país en el que el paro se ha triplicado en cinco años, en el que alrededor del 70% de los trabajadores apenas superan el salario mínimo de 485 euros al mes o en el que 700 familias se han quedado en marzo sin hogar por no poder pagar sus hipotecas.
La huella de la Revolución
Las referencias a la Revolución del 25 de abril vuelven a ser constantes en la sociedad portuguesa, incluso por parte de quienes por edad no vivieron los episodios de 1974, pero que al igual que los demás desean un cambio radical, aunque pacífico. Pese a ello, el consenso es amplio a la hora de dibujar a la sociedad portuguesa como desmovilizada y víctima de su propia desgracia, con un crecimiento alarmante de los casos de intentos de suicidio, divorcios y penuria social, como relata Branco Viana.
«La situación actual no es coyuntural ni consecuencia exclusiva de un panorama internacional. En Portugal las razones de la crisis están en la base de un país sin estructura industrial, muy burocratizado y con un sistema político agotado», resume el profesor Cadima Ribeiro. Con él coincide en gran parte de sus argumentaciones el periodista y gerente de la productora de televisión Farol de Ideias, Daniel Deusdado, al apuntar que «no puede ser tomado en serio un país que ha gastado lo que no tenía en obras mal seleccionadas, acumulando una factura brutal».
Presentador y director de un programa sobre empresas en la televisión pública de su país, Deusdado ve con envidia el efecto que asegura tendrá el tren rápido en la economía española, mientras añade que Portugal se equivocó al centrarse en la línea Lisboa-Madrid en lugar de unir la capital con Oporto, la ciudad que vive no solo la crisis económica sino también el progresivo vaciado de contenido que desde Lisboa se ejecuta con más celeridad desde que la recesión aprieta al país. El canal de noticias de la RTP que estaba ubicado en la torre de telecomunicaciones de Gaia es la última víctima de esos traslados. A Oporto le queda la sede de las organizaciones solidarias de Portugal. Para el padre Lino Maia, no es un hecho casual que fuera de Lisboa solo haya sitio para la estructura de ayuda social que preside, la federación de fútbol y la de voleibol. «Todo lo demás está en Lisboa», dice para probar la lejanía respecto al pueblo de la clase dirigente encerrada en la capital. Sin reparo alguno, el religioso habla de los «oportunistas que se quedaron en los últimos años con parte de los fondos otorgados a proyectos públicos», o de los altos sueldos que perciben los profesores en Portugal, más que en España o Finlandia, añade para explicar un método de compra de voluntades de los funcionarios públicos docentes, una parte importante de los 700.000 empleados que tiene la Administración de un país que cuenta con diez millones de habitantes.
Pérdida de valores
En ello también incide Leonor Cordes, un ama de casa de Matosinhos que además apunta al descrédito de los políticos de Portugal como uno de los grandes males de su país, donde añade que es tan difícil despedir a un trabajador como contratarlo. «La Revolución hizo una legislación muy proteccionista y, aunque el mundo es otro, más vital y móvil, es casi imposible despedir a nadie y al mismo tiempo la gente no está dispuesta a sacrificarse con trabajos con horarios incómodos». «Los jóvenes no valoran lo que tienen, creen que tienen derecho a todo sin trabajar», da su versión a decenas de kilómetros de distancia Alfredo Ribeiro, ganadero, restaurador y hostelero en la diminuta localidad de montaña de Gralheira. «No estamos dando una buena educación a los jóvenes», dice mientras con sus 36 años mueve sin parar en sus negocios a 17 personas.
Su caso puede calificarse de extraño, ya que el país vive una migración sin freno hacia el litoral, cuando no al extranjero, como en los años sesenta. «No se retiene a la gente en el interior, lo que hace que la edad de los productores agrícolas haya aumentado en cuatro años en los últimos diez», apunta Antonio Santana, director de una fábrica de piensos de Marco de Canaveses, para completar la radiografía de un país que emigra, envejece, se empobrece y que por ello ansía un cambio.