La guerra de divisas enfrenta a Estados Unidos, Europa y los países emergentes

Natalia Bore MADRID/LA VOZ.

ECONOMÍA

La competencia de las diferentes monedas por el pastel de las exportaciones amenaza la recuperación global.

11 oct 2010 . Actualizado a las 20:34 h.

Fue el ministro brasileño de Finanzas, Guido Mantega, quien le puso nombre hace un par de semanas a la «competición» global que los países han iniciado por devaluar sus monedas y así reanimar el pulso de sus economías por la vía de las exportaciones, una práctica tan peligrosa como inútil, como se demostró en la Gran Depresión.

La guerra de divisas global es una variante más ligera de la guerra comercial, es decir, que todos los países quieren tener una moneda más débil para exportar más que sus vecinos, dada la atonía de su consumo nacional. Esta práctica -que se ha convertido en la preocupación principal de la cumbre de otoño que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) acaban de celebrar en Washington- es un nuevo estadio de la crisis que estalló hace tres años y que amenaza con profundizar los daños que sufre la economía globalizada. Por eso esta semana los responsables de los organismos económicos internacionales han dado la voz de alarma y piden cordura y el fin del intervencionismo en el mercado de divisas.

LOS DESENCADENANTES

China y Japón

China y Japón son los dos polos principales de las devaluaciones competitivas, aunque no los únicos, ya que otros muchos países (Brasil, Reino Unido, Corea del Sur, Suiza o Estados Unidos) llevan semanas interviniendo para evitar la libre flotación de sus monedas.

El caso de China es llamativo. Su moneda, el yuan, ha tenido durante años paridad fija con el dólar, lo que le dio ventaja a la hora de exportar. Pero la economía del gigante asiático, que acumula alrededor del 30% de las reservas de divisas del mundo, debería tener un yuan fuerte, a lo que las autoridades se niegan, pese a la creciente presión internacional, pues sostienen que apreciarlo supondría una gravísima crisis nacional. Pese a todo, China ha afrontado recientemente apreciaciones «cosméticas», aunque se niega a asumir la exigencia de los países desarrollados (con EE.?UU. a la cabeza), que piden que el valor del yuan suba un 20% en dos años.

Otro caso de intervencionismo es el de Japón, cuyo yen está fortísimo frente al dólar. Las autoridades han puesto en marcha una batería de medidas, incluida la intervención en el Forex (mercado de divisas), para frenar la apreciación del yen, que está en su máximo de los últimos quince años. Pese a todo, la maniobra -una lucha desesperada contra la deflación y el estancamiento económico- no está dando resultados.

También está el hecho de que los bajos tipos de interés en los países desarrollados han provocado una salida masiva de capital hacia los emergentes, buscando rentabilidad. Esto, sumado a la mayor fortaleza económica de los países emergentes, presiona al alza sus divisas y merma su competitividad exterior.

LAS CONSECUENCIAS

Alemania señala al dólar

El dólar, divisa de referencia, es la otra pieza clave. En mínimos de quince años frente al yen y de ocho meses contra el euro, un billete verde débil dificulta las exportaciones al resto de países. Por eso los emergentes (con Brasil a la cabeza), los asiáticos y la UE no pueden ocultar sus nervios. Tanto es así, que frente a la ortodoxia del Banco Central Europeo (BCE), que aún no ha adoptado medidas, Alemania acaba de alzar la voz para denunciar no solo que el valor del yuan no es real, sino que tampoco lo es el del dólar (las inyecciones extremas de liquidez lo devalúan), lo que está perjudicando notablemente las exportaciones germanas. Atrás quedaron los 1,20 dólares a los que se cotizaba el euro en primavera, y que hacía más competitivas a las economías europeas.

LAS SOLUCIONES

Corregir el valor de las divisas

El director del FMI, Strauss-Khan, apuntó la solución a esta guerra comercial encubierta al afirmar que se debería corregir el valor de las divisas, de modo que las monedas de los países emergentes (en crecimiento y con superávit) fueran más fuertes y las de los desarrollados (deficitarios y en crisis) más débiles. No se trata, como subrayó el brasileño Mantega, de estimular el sector exportador y «crecer a costa de los demás». Pero parece que buscar un consenso para frenar la guerra cambiaria -algo que debería salir de las reuniones de Washington- no se presenta nada fácil.