La evolución demográfica pone en cuestión el modelo económico
22 sep 2010 . Actualizado a las 02:41 h.La pirámide de población de la UE hace tiempo que dejó de tener esa forma que le da nombre. Ahora se asemeja más bien a una peonza, con un cuerpo muy delgado en su tercio inferior, donde se registra el escaso volumen de su población joven, y cada vez más ancha en sus capas altas, que agrupan los tramos de edad de adultos y mayores. La base juvenil todavía tiene un ancho suficiente como para aguantar el peso del trompo, pero en apenas medio siglo será demasiado estrecha como para permitir que la peonza se mantenga de pie.
En la UE viven hoy cuatro personas en edad de trabajar por cada una mayor de 65 años, una proporción que se habrá reducido a la mitad en apenas cincuenta años. El índice de dependencia por envejecimiento, que mide el porcentaje de población jubilada con respecto al de habitantes de entre 15 y 64 años, es hoy del 25,9%. En el 2050 será de más del 50%, aunque en algunos países, como España, se acercará peligrosamente al 60%.
Con dos trabajadores por cada jubilado no hay sistema de pensiones que aguante, y así lo advirtió hace dos meses la Comisión Europea: «Tenemos que elegir entre jubilados más pobres, cotizaciones sociales más elevadas, o que las personas trabajen más y durante más tiempo», dijo el comisario de Empleo, Asuntos Sociales e Inclusión, el húngaro László Andor. Presentaba un estudio sobre los escenarios demográficos a los que se enfrenta la UE, que deducía que el único modelo viable exige elevar progresivamente la edad media de retiro de los europeos hasta llegar a los 70 años en el 2060.
Claro que no se trata solo de las pensiones, pues ese problema, en el fondo, no es sino un mero síntoma de que la peonza ha empezado a tambalearse. La esperanza de vida sigue creciendo, pero si no nacen más niños y si se siguen levantado muros a la inmigración, impidiendo que el continente rejuvenezca, Europa jamás podrá salir de lo que el geógrafo francés Gérard-François Dumont definió hace años como el invierno demográfico.
Senectud
Ese estancamiento en la estación de la senectud conduce a una catástrofe. Es el verdadero problema occidental, como lo ha bautizado el economista y politólogo gallego Manuel Blanco Desar en un ensayo que lleva ese título, y que describe las consecuencias que traerá el envejecimiento más allá del lío de las pensiones.
¿Cómo desarrollar una economía basada en la innovación cuando la sociedad sobre la que se asienta apenas cuenta con población joven capaz de portar la bandera de la creatividad y el espíritu emprendedor? ¿Puede un continente repleto de jubilados competir con territorios emergentes que triplican su capacidad de renovación generacional? ¿Tiene futuro un modelo socioeconómico en el que, como señala Blanco, un geriátrico o un tanatorio son negocios más prósperos que una guardería?
Europa, con una tasa de natalidad de apenas 1,5 hijos por mujer, corre incluso el riesgo de traicionar sus valores más tradicionales y queridos. ¿Cómo va a asumir el concepto de fraternidad toda una generación de niños que ya crecen sin hermanos? Es una perversión del lenguaje, como lo es seguir enseñando demografía a esos niños hablándoles de las pirámides de población. No son pirámides, son peonzas condenadas al colapso por las leyes de la física.