«Los problemas de Grecia cuestionan la garantía de estabilidad del euro, que hace 6 meses nadie discutía»

ECONOMÍA

Hijo de emigrantes, Joaquín Armesto salió de Galicia en busca de trabajo. Por el camino, en Estados Unidos, se topó con la que hoy es su mujer, originaria de Islandia, el país en el que reside desde hace 13 años y donde ha vivido en primera persona la quiebra de los principales bancos del país.

-¿Cómo era Islandia antes del crac?

-Cuando llegué, desde 1997 hasta el 2000, Islandia se caracterizaba por un crecimiento constante, pero no desmesurado. Fue a partir del 2000 cuando empezó un crecimiento bancario exponencial, la moneda sufrió una apreciación excesiva y el Banco Central fue incapaz de hacer frente a la inflación, lo que se tradujo en tipos de interés muy altos y un exceso de liquidez procedente de inversores extranjeros, que buscaban alta rentabilidad. Además, el Gobierno optó por la desregulación, el laissez faire se quedó corto con lo que sucedía en Islandia....

-¿Cómo se vivió desde dentro la quiebra de las principales entidades financieras?

-El shock fue tremendo. Recuerdo la imagen del por entonces primer ministro pidiendo «que Dios bendiga a Islandia» tras anunciar el colapso de la banca. Desde entonces y hasta las elecciones de hace un año el sentimiento fue de rabia y asombro. Cómo uno de los países más ricos del mundo había podido caer en el más absoluto caos financiero. Desde las elecciones, el sentimiento es de decepción con una clase política incapaz de controlar a unos pocos poderosos que manejaron la banca a su antojo y que siguen viviendo en mansiones en los barrios más elegantes de Londres.

-¿Existe una corriente contraria a devolver la deuda con los ahorradores extranjeros?

-No, nadie discute el cumplimiento de las obligaciones contraídas por Islandia. Dicho esto debe tenerse en cuenta que la quiebra del Landsbanki, que captó depósitos de ciudadanos en el Reino Unido y en Holanda se debe no solo a la falta de control de la autoridad monetaria islandesa, sino también a la falta de celo de las autoridades británicas y holandesas, como señaló The Economist. Según la mayoría de los islandeses, la responsabilidad es compartida, porque no era necesario congelar el patrimonio de los bancos islandeses provocando así la quiebra de la segunda y de la tercera entidad financiera del país.

-¿Se vincula el no del referendo a la adhesión a la UE?

-El no del referendo es una llamada de atención a la necesidad de buscar un acuerdo justo. Desde el punto de vista europeo, demuestra que los islandeses están bastante solos, porque se tuvo que llegar a decir que no en referendo para mitigar las pretensiones de dos contribuyentes netos de la UE, cuando hubiese sido más europeísta haber mostrado flexibilidad a priori. Sobre la adhesión, las empresas son conscientes de las ventajas del euro como garante de fortaleza, rigor y estabilidad, aunque los problemas de Grecia y las frecuentes alusiones a España, Portugal e Irlanda ponen en duda lo que hace 6 meses nadie discutía. En contra de la adhesión se sopesa también la pérdida de autonomía y control sobre las cuotas de pesca (que representa sobre el 60% del PIB del país).