«Póñense as cousas costa arriba. Cada vez esixen máis a cambio de nada». Así de rotundo se muestra Secundino López, ganadero de Momán, en el concello de Xermade. La llegada de la edad de jubilación, sumada a ciertos problemas de salud, lo animó a cerrar su etapa de ganadero, sin plantearse en ningún un momento una prórroga. Se desprendió de sus 13 vacas -que parecen ya pocas para competir con los ritmos actuales de producción-, cuya leche vendía a la cooperativa Xertigán, que tiene su sede en esa misma parroquia.
«Hai que ter máquinas. Hai que ter máis produción, e os ingresos non aumentan», asegura López, que parece representar el final de una tradición ganadera heredada en su familia desde generaciones anteriores. Y es que su único hijo siguió otro rumbo profesional desvinculado del campo. «Non quere saber nada; nin llo recomendo tampouco», explica tajante.
«O campo xa non se concibe como un medio de vida, o que foi ata agora», recalca este ganadero, convencido que solo las grandes explotaciones son viables a corto o a medio plazo, aunque la suya parecía suficiente para él y su esposa.
Poco futuro en el mundo rural percibe Secundino a sus 65 años. «Non marcha o que non pode, pois moitos din que se puidesen, marcharían», declara. Y la mayor parte de los que quedan, semejan, a su juicio, más resignados que esperanzados: «Hai xente que aguanta por pura necesidade, por ter unha xubilación», asegura.
Pena por el abandono
«Dáme pena ver todo abandonado, pero é o que hai», subraya este ganadero, que en ningún momento, poco antes de llegar a la edad de jubilación, pensó en tramitar los permisos que le amparasen para seguir con la actividad. «Funme quedando», dice Secundino sobre su inercia profesional en los últimos años.
Con todo, López asegura que si su hijo cambiase de opinión y decidiese seguir en el campo, él trataría de disuadirlo a menos que las circunstancias que rodeasen al sector fueran muy distintas a las actuales.