Unas 24 o 25 vacas de leche y tres o cuatro novillas constituían en los últimos tiempos la cabaña de la explotación de Xosé Luis Engroba, en Roás (Cospeito). La jubilación de sus padres no impidió la continuidad de la granja, que ahora está a punto de echar el cierre. Dejó de vender leche en diciembre pasado y está dejando que las novillas crezcan para obtener un beneficio mayor por su venta. Las circunstancias no son las más favorables. «Para meter man de obra allea non dá», dice. A su juicio, el campo «está no peor momento», y se explica: «As empresas teñen a súa parte de culpa, porque fixeron o que lles deu a gana e ségueno facendo».
Por otro lado, las concentraciones parcelarias, con influencia desigual en los municipios de peso ganadero como los de A Terra Chá, establecen una desventaja para algunas explotaciones. Engroba subraya que los costes de producción son altos en parroquias que no tienen concentración. «A única maneira de producir é ter unha base territorial, e aquí carecese dela». Una carencia con repercusiones económicas concretas, ya que la falta de pasto en los prados propios obliga a aumentar el gasto en concentrado y en pienso, reduciendo los márgenes.
Con todo, no esquiva la autocrítica, pues cree que en años recientes, en los que el precio del litro se le pagaba a casi 50 céntimos, se gastó «un pouco á lixeira». Aunque a renglón seguido advierte que el ganadero ha sido un sector en el que las ganancias se destinaron a inversiones en mejoras.