El regreso al hogar ha pasado de ser un objetivo a una obligación ante la falta de trabajo

La Voz

ECONOMÍA

Aunque las cifras del éxodo gallego de Fuerteventura son, por el momento, estimaciones, todas las fuentes consultadas coinciden en apuntar que de la capital se han marchado en el último año del orden de 1.500 personas, y se calcula que un número similar abandonaron el resto de la isla. A estas cifras habría que sumar el retorno desde las otras islas con presencia gallega -Gran Canaria, Tenerife y Lanzarote-, aunque en mucha menor medida, según confirmaron los presidentes de los Centros Gallegos de Las Palmas y Tenerife, ya que la construcción en ellas no era tan intensa como en Fuerteventura, por lo que su población gallega está más asentada y es menos fluctuante. A esto se añade el hecho de que muchos optan por no darse de baja en el censo canario por la ventaja que supone, ya que los residentes insulares tendrían descuento en aviones y barcos si decidieran regresar cuando la situación mejore.

Pero el caso es que, en el territorio majorero, la marcha con la que todos los trabajadores sueñan, después de haber conseguido ahorrar para comprarse una casa en Galicia o montar allí un negocio, se ha convertido en los últimos meses, ante la falta de trabajo en una obligación. «Es cierto que la mayoría vienen aquí a trabajar un tiempo y luego se marchan. La gente se lo toma como algo temporal y poco más del 20% se establecen en la isla definitivamente», apunta Román Bugarín Areal, un joven empresario de Porriño que, junto a su socio, Alberto, dirige la constructora Roal. De sus 54 trabajadores, actualmente 20 son gallegos. Aunque tiene obra residencial en marcha en la isla, Roal contaba hace cinco meses con quince empleados más.