Bolt se ha presentado en las series de calificación de los 200 metros, ayer por la mañana, con la lección bien aprendida. Ha tenido el segundo tiempo de reacción más lento (0,314 segundos) de los 52 participantes, sencillamente una eternidad. Luego, a la tarde, ha vuelto a ser casi el peor de los 24 semifinalistas (0,207 segundos), superando solo a uno. Aun así, no tuvo problemas en clasificarse para la final de hoy, ya que ganó con autoridad sus dos carreras previas. Pero su descalificación en el hectómetro le está pasando todavía factura. Hay que echarlo casi de los tacos para que se ponga a correr.
Su victoria, salvo accidente o lesión, está cantada. Pero el récord mundial no corre peligro. No tanto porque físicamente no esté en condiciones, al menos, de acercarse, sino porque el viento en contra en la última recta en Daegu es una constante, a veces superando el metro por segundo.
Y, además, porque le ha tocado correr por la calle tres en la final, lo que tampoco le favorece mucho. Pero intentará dejar un buen sabor de boca a los aficionados desilusionados con su actuación, hasta hoy. Y, sobre todo, a él mismo.