Jonathan Antúnez Alonso (O Porriño, 1982) se ha convertido en la gran estrella del Coruxo con sus siete goles en esta temporada. De la quinta de Borja Oubiña, el centrocampista porriñés ha combinado siempre su vida futbolística con la laboral. En los diez años que lleva en el equipo de O Vao -menos uno «que estuve en el paro»-, ha tenido que ingeniárselas para trabajar, entrenar y jugar.
Actualmente está empleado como peón en la depuradora de Guillarei (Tui). Su turno es de lunes a viernes. De 9 a 2 y de 4 a 7. Una jornada especial coordinada con sus superiores para que pueda seguir jugando y entrenando. Por razones laborales esta temporada ya se perdió el partido con el Conquense. Hace un par de semanas su equipo tuvo que pasar unos días en Canarias, por un partido aplazado con el Vecindario, y se vio obligado a utilizar una semana de vacaciones que le quedaba pendiente del año pasado.
En la vida del capitán del Coruxo no hay tiempo para la distracción, solo el fútbol le libera. «Te lo tomas como una rutina. Sabes que trabajas, entrenas, y a casa. Lo que más cuesta son los lunes, son matadores. Llegas al chollo baldado». En la comparativa de sus dos empleos no admite dudas. «Lo peor es trabajar. Entrenar es como un desahogo, una vía de escape. El trabajo son ocho horas, y al Coruxo le dedico horita y media o dos».
Su sueldo de mileurista en la depuradora lo valora, pero apunta que el extra del fútbol es más goloso. En su trabajo se encarga del mantenimiento, «ver que todo esté limpio», pero el problema es cuando se estropea una bomba porque «hay que dar con el fallo y arreglarlo». No tiene reparos en reconocer que los problemas de su trabajo son más fáciles de subsanar que los de un terreno de juego. «Un partido es más difícil arreglarlo que una bomba. La bomba se estropea y la mandas a fábrica, y en un partido la fábrica eres tú y tus compañeros.»