Unas 130 personas recibieron en A Coruña bajo la lluvia a los galácticos de segunda generación, cuyo desembarco generó menos expectación que en otras ocasiones
30 ene 2010 . Actualizado a las 02:00 h.«¡Cristiano! Cristiano!», gritaron. Pero Cristiano no estaba. Una 130 personas recibieron al Real Madrid a su llegada a A Coruña. Los contemplaron desde las cristaleras que b las escaleras de la entrada hotel Meliá María Pita, como si observaran una pecera gigante repleta de estrellas. Porque en sus aterrizajes en tierra extraña el club blanco impone el cerrojazo. Cuestión de garantizar la seguridad y de preservar el glamur.
Faltaba CR9, ese catalizador de amores y odios del pastel merengue. Y la ausencia de Cristiano restó fieles y pasión a la cita. Durante la espera, se escucharon varios «¡Ala Madrid!» y algún que otro cántico contra el Deportivo. «Me salió blanco, es lo que hay», comentó resignada una madre barcelonista que había llevado a su hijo con fiebre con la vana esperanza de cazar algún autógrafo. «¿Por qué aplauden todos?», preguntó una señora después de recibir una ovación cuando se apeaba de un coche de gran cilindrada en la entrada del edificio. «Viene el Madrid», le respondieron.
Caras bonitas
Cuando los policías tomaron posiciones, la improvisada grada se encendió. «¡Madrid! ¡Madrid!», se escuchó. Y a eso de las nueve menos veinte de la noche llegó el bus blanco del Madrid. En los gritos se registró una subida de decibelios. A través del cristal, los aficionados, que habían soportado el aguacero, lanzaron miradas y fogonazos de cámaras digitales los aficionados. Mucha cara bonita con rímel y sombra de ojos marcando el terreno y mascando chicle. Mucho seguidor joven. Y algún curioso que asomó la nariz después de preguntar a qué se debía aquel revuelo.
A falta de Cristiano Ronaldo, buenos fueron los Iker Casillas y Sergio Ramos, que saludaron varias veces al público mientras subían las escaleras rumo a la puerta. Marcelo también respondió a los fans con una sonrisa y una mano alzada. Xabi Alonso mostró un gesto más serio, aunque no desdeñoso. Guti, aislado en su burbuja de auriculares blancos, subió raudo las escaleras. Todos se refugiaron rápidamente en la recepción del hotel, también vedada a los aficionados que esperaban en el exterior. Mientras, fuera, se disolvía el brote madridista en territorio hostil.