Por si alguien tenía alguna duda, ayer quedó todo aclarado. El deportivismo tenía el orgullo de poder decir que su querido Dépor era de todos. Miles y miles de seguidores blanquiazules se gastaron en su día unas pesetas en comprar sus acciones del club. Se trataba de eso, de que el Deportivo no tuviera un dueño porque era patrimonio de todos. De que nadie acabara convirtiendo el querido deportiviño en un instrumento de intereses personales.
Pero las cosas han ido cambiando progresivamente. Lendoiro se ha adueñado del gobierno del club. Con la corresponsabilidad de quienes le permiten hacer, inició hace años una escalada que le ha llevado a intentar laminar todo tipo de oposición, recurriendo incluso al insulto o a presiones intolerables en una sociedad democrática de nuestro tiempo. Bajo el amparo de la delegación de acciones que dice tener y de la que el mismo da fe, que no el notario -ni nadie-, sacó ayer una de las juntas de accionistas más tristes de la historia del club. Porque triste es ver cómo languidece la participación de los dueños de la entidad en las juntas, algo que está consiguiendo a pulso Lendoiro poniendo todo tipo de trabas con la única finalidad de dirigir el Deportivo como si fuera su casa.
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