El Hércules mete en descenso a un equipo celeste despedido con silbidos por una afición que pide cabezas
De mal en peor. El Celta incluso empeora su pesadilla más reciente. El año pasado ganó al quinto intento. Este ni eso. El Hércules, con oficio y paciencia desnudó al equipo vigués y desesperó a una grada desierta, por el horario de sobremesa y por los acontecimientos. Hartos, los pocos que acudieron despidieron al equipo con una sonora pitada y los más hastiados incluso pidieron cabezas. La de Eusebio Sacristán -que comienza a estar discutido- y la del presidente Mouriño. Nada extraño cuando su equipo ya se encuentra en puestos de descenso a las primeras de cambio.
Porque este Celta tiene un problema serio, la falta absoluta de una referencia goleadora, de un jugador que concrete el juego que fluye de las botas celestes en algunas ocasiones, que no ayer, en donde los vigueses disfrutaron de un único disparo entre los tres palos a lo largo de toda la contienda.
Y eso que el inicio de partido comenzó con intercambio de golpes. Con Celta y Hércules buscando el balón y generando oportunidades. Sendoa, Delibasic, Danilo y Trashorras pisando área con intención en el arranque.
Enseguida la cruda realidad fue asomando. Los herculanos dieron un paso atrás y dejaron al Celta maniobrar en horizontal. Muchos pases, pocos metros y menos llegada. Fue ese el discurso de un equipo local tan voluntarioso como falto de pegada. Arthuro coleccionó faltas en cada intervención sin ser capaz de generar una ocasión de peligro en todo el partido, Iago Aspas en la izquierda necesita un GPS y el experimento de Danilo en el trivote fracasó con estrépito.
El Celta mantuvo el control sin oportunidades hasta que el Hércules comenzó a sacar galones. Guiado por un Tote sobresaliente los alicantinos aprovecharon el arreón final del primer acto para asustar, aunque la mejora defensiva -con un Jordi que se agarró como una lapa a su oportunidad- permitió salir indemnes del primer asalto.
Cambio radical
El partido dio un cambio radical a la vuelta del vestuario. Eusebio dio un giro defensivo (dando entrada a López Garai y prescindiendo de Aspas), que curiosamente coincidió con la mayor ofensiva celeste. Sin embargo Danilo no acertó en un cabezazo franco y al córner siguiente el Celta se encontró con el marcador en contra de cada jornada. Falcón permitió el cabeceo franco del central Abraham Paz dentro del área pequeña y a los vigueses le tocaba por sexta vez remar contra corriente. Y a diferencia de las ocasiones precedente no hubo capacidad de reacción.
El tanto desquició a los vigueses, presas del pánico. El equipo de Eusebio apenas fue capaz de crear una ocasión para empatar -la tuvo un ofuscado Dani Abalo- y por contra fueron los alicantinos quieren perdonaron la sentencia en un par de postreras llegadas.
Por eso, sin una mísera esperanza a la que agarrarse, la grada terminó desesperada, mostrando su descontento con una sonora pitada cuando el árbitro decretó el final y apuntando directamente al banquillo y al palco. Vivir un tercer año en los sótanos del infierno es un peaje imposible de digerir. Acumula demasiado sufrimiento.
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