Recibimiento contenido y euforia por la tarde

P. G.

DEPORTES

Con el debido retraso propio de estos casos, la selección se presentó en el hotel de concentración, a orillas del Atlántico, ante una escasa pero efusiva representación de los miles de aficionados que acudirán esta noche a Riazor.

Medio centenar de quinceañeros escoltados por algún que otro adulto tomaron en el paseo marítimo el relevo de los cazaautógrafos que lograron una rúbrica de sus ídolos en la puerta de llegadas del aeropuerto de Alvedro, cuyos accesos se colapsaron. Fue la única concesión de los ídolos a su parroquia, a pesar de los cánticos de «¡oé oé!» que amenizaron el estacionamiento del autobús, los grititos fanáticos, las tres banderas españolas y la media docena de camisetas de la roja.

Fueron apresurados los aplausos (por orden de aparición) a Vicente del Bosque, Torres, Xabi Alonso, Casillas y Villa, porque en tres minutos ya estaba la expedición española esperando los ascensores hacia las habitaciones. Solo el ex deportivista Joan Capdevila, siempre él, apuró todo su tiempo para regresar a la recepción y fotografiarse con todos los que se lo pidieron, hasta que fue obligado a acudir a la comida con el resto de los miembros de la selección.

Atrás quedaba un solitario bocinazo y un no menos desamparado cartel de «Furia roja», tímido avance de lo que se pueden encontrar los campeones de Europa a su llegada al estadio de Riazor hoy y que ya paladearon ayer. Y es que todo cambió por la tarde, tanto en la salida de los jugadores hacia Riazor como en el entrenamiento. Gratis y con entrada libre. Receta mágica para el éxito de cualquier convocatoria popular. Unas 6.000 mil gargantas jalearon las acciones de los internacionales ante la mirada de los sorprendidos belgas, que tampoco se perdieron detalle de lo que hacían los campeones de Europa. Riazor vivirá hoy la noche mágica que aguarda desde hace un siglo. Un paso más hacia el Mundial de Sudáfrica del próximo verano.