Era el último partido de la pasada Liga. El Alavés se jugaba la vida, el Celta el decoro, la vecindad, una despedida digna. Desde que los dos equipos saltaron al campo todo olía muy raro. El final confirmó las sospechas, lo del terreno de juego había sido una pantomima.
En el comienzo del encuentro, el Celta salió mandando de una forma sonrojante. Un rival que debía luchar por eludir el descenso parecía pasearse por el césped. A los 9 minutos el equipo vigués ganaba por 1-0 con un tanto de Canobbio. Los vascos tardaron media hora en realizar su primer disparo a puerta. Su técnico, Gustavo Salmerón, hizo un cambio antes de concluir la primera parte. Era tan difícil de creer lo que estaba sucediendo que solo se podría entender si se supiese que formaba parte de un guión.
El profesionalismo exhibido por el bando vigués en la primera mitad era insultante. Un plantel que se había arrastrado en la segunda vuelta de Liga era muy superior a su rival.
En la segunda mitad todo cambió. El técnico del cuadro vasco realizó una segunda sustitución. Sus jugadores seguían sin carburar, pero fue el Celta quien les metió en el partido. En solo tres minutos, el Alavés logró hacer dos tantos y ponerse por delante en el marcador. Toni Moral, aquel al que el Alavés denunció por alineación indebida cuando jugaba en Vigo, hizo el tercero. En la grada viguesa, los escasos cinco mil espectadores que había se enojaron con sus jugadores y los abuchearon por lo que consideraban indigno. No sirvió de nada, el Alavés manejó sin que nada lo inquietase y solo Núñez maquilló el resultado en el tiempo añadido para poner el definitivo 2-3.
La vergüenza de los dirigentes celestes les llevó a pedir perdón por la actitud mercenaria de sus jugadores. De los catorce célticos que jugaron aquel día, solo quedan tres en la plantilla. Este año el Celta llegó a ofrecerle al Racing la posibilidad de cederle una plaza en el play off de ascenso a Segunda, si la lograba su filial.