El regreso más tranquilo de Munúa

DEPORTES

Gustavo Munúa no temía su rendimiento frente al Madrid. Confiado en su esfuerzo durante el último año, cuando entrenamiento tras entrenamiento masticaba en silencio el olvido en el que Lotina lo había recluido, pedía un buen partido de su equipo para que su regreso pasase a un segundo plano.

Nada pudo hacer en el gol local, precedido de el error de marcaje de sus compañeros. Tampoco nadie se acordó de Aranzubia, suspendido tras su expulsión en el Camp Nou, y que con toda probabilidad regresará a la portería deportivista el próximo domingo frente al Villarreal. En buena parte se benefició de la paupérrima imagen del Madrid en la segunda parte, cuando ni tan siquiera lo inquietó.

El debut de Munúa en el Bernabéu (ya se había enfrentado al Madrid pero había sido bajo el meigallo que persigue a los blancos en Riazor) comenzó fuerte. Sneijder y Raúl gozaron de sendas buenas ocasiones en los cinco primeros minutos. La más clara fue la del capitán, a quien Zé Castro tocó lo justo el balón para que no engatillase con claridad en el área pequeña. En cualquier caso, el meta, en un alarde de reflejos, despejó a una mano el balón apenas impulsado por el delantero. Sneijder, en un disparo raso desde la frontal que el meta detuvo con una estirada sobre el césped, requirió otra de las facetas más cuidadas por el uruguayo: su colocación bajo palos.

Valiente y atento

Tampoco tembló en los minutos que el Madrid atacó por oleadas. Cuando parecía que todo un batallón de camisetas blancas asediaba su área, el uruguayo respondió valiente y muy atento al juego. Se quedó a media salida en un córner a los quince minutos, pero tras un nuevo saque de esquina acabó por blocar con acierto el centro de Robben.

El gol de oreja de Raúl se convirtió en su peor recuerdo de la noche. Desde el punto de penalti el siete blanco se adelantó a Filipe y cambió la trayectoria del centro que había lanzado Lass desde el pico del área grande. El gesto sorprendió a Munúa.

Tras el descanso, sus apariciones se tornaron en anecdóticas. Con el Dépor al mando, el cancerbero se encargó de construir en varias ocasiones el ataque de su equipo con centros bombeados en los que alternó aciertos y errores. Al final, aguantó y rechazó con el cuerpo un mano a mano con Robben, pero el dominio coruñés resultó tan abrumador que el protagonismo mayor de Munúa llegó cuando paró el juego para atarse los cordones de las botas. Seguro que se quedó con ganas de más.