La guardameta María José Díaz, sorda de nacimiento, debutó en casa como titular en el primer equipo del Orzán coruñés, en Primera Nacional femenina
17 nov 2008 . Actualizado a las 14:12 h.Un grito rasga el aire de la soleada mañana coruñesa. «¡Vamos, Orzán!». Dos equipos femeninos posan enmarcados por el verde del césped. El Orzán se dispone a jugar contra el Oviedo Moderno. El público aplaude. La guardameta del conjunto gallego no puede oírlo. Tampoco le asusta el estruendo del balón contra el larguero. Ni se desconcentra por el enjambre de consignas que las futbolistas hacen pulular por el campo. María José Díaz, de 29 años, es sorda de nacimiento y juega con el Orzán, en Primera Nacional. Es su tercer encuentro con el primer equipo. Pero su estreno en casa. En su caso, a la proverbial soledad del portero hay que añadir el silencio. Y el triunfo de un empeño personal y un esfuerzo colectivo.
«Quería participar en un equipo de oyentes con igualdad, demostrar que los sordos pueden jugar también, tenía muchas ganas de intentarlo». Las palabras son de María José, pero salen de la boca de su compañera Marta Regueira, estudiante de interpretación del lenguaje de signos. Marta es la correa de transmisión entre María José y el resto del equipo en los encuentros y en los entrenamientos. Es lateral. Ante el Oviedo está de suplente. Y se reparte entre el banquillo y las visitas a la portería para hablar con su compañera. «He tenido la suerte de contar con una intérprete, que además lo hace muy bien. Sin ella, todo hubiera sido más complicado», indica María José. «Aún así, hay otras complicaciones. No puedo oír al árbitro y a veces no sé dónde se encuentran mis compañeras, porque no pueden avisarme si están detrás», admite.
Lleva el número 13 a sus espaldas. Y carga con los nervios de jugar ante el líder, un recién llegado de la máxima categoría que ahora es candidato al ascenso. «Es normal que esté nerviosa en los primeros partidos», dice Ana Cristina Jung, otra guardameta del Orzán. «Defender la meta una gran responsabilidad y tengo un poco de miedo, porque no me resulta fácil comunicarme, pero yo quise ser portera desde el principio. Mi única intención es colaborar con el equipo. Ana es muy buena en su puesto y espero que se recupere pronto», comenta María José.
Colocar una barrera
Ana Cristina está lesionada y, cuando empieza el encuentro, se coloca detrás de la portería coruñesa. Ella será la voz de su compañera. Cuando es necesario colocar una barrera, María José hace indicaciones con la mano y Ana Cristina transmite las órdenes a las futbolistas que, de espaldas a la meta, no pueden ver a su portera. «Trato de ayudarla para colocar la defensa, hacerle las cosas más fáciles», señala Ana Cristina.
El partido cumple el guión previsto. El grande se come al pequeño. Van cayendo los goles. Ana Cristina y María José sufren. «Lo paso fatal como espectadora, prefiero no venir», admite la primera. Al final, el Oviedo engorda el marcador hasta un 9-1. «Ellas juegan muy bien. Llevan mucho tiempo juntas y se nota», señala la guardameta. «Podría haber sido peor. ¡El próximo partido lo ganamos!», dice Ana Cristina.
En el campo, las jugadoras asturianas rodean a María José, disgustada por el resultado y por las molestias que arrastra en un tobillo. «Sentí dolor, pedí el cambio, pero mis compañeras me animaron a seguir», apunta. Las visitantes la abrazan y le prestan su hombro para andar. Celebran su victoria. Pero también reconocen el triunfo ajeno.