Por Mar Barcón
01 mar 2011 . Actualizado a las 11:02 h.Silencio y trabajo; este era el conjuro que, hace tres años, repetía Silvia Longueira, concejala de Servicios Sociales de Coruña, intentando sobreponerse al estruendo que suscitó el Plan de Integración de Penamoa, uno de los mayores asentamientos chabolistas de Galicia. La inquietud de una parte de los ciudadanos, provocado por el desconocimiento que se tienen de estos procesos y la irresponsable actitud de la oposición política, dispuesta a agitar los sentimientos más bajos con tal de conseguir un puñado de votos, convirtieron el inicio de este Plan en un calvario para la ciudad y en caldo de cultivo para propuestas y personajes de lo más pintoresco.
Hoy, tras tres años de mucho trabajo y bastante silencio, Penamoa cae y esta caída es, probablemente, una de esas noticias que justifican una Legislatura entera. Terminar con un asentamiento como este, hacerlo integrando al 80% de las familias en viviendas normalizadas y desde itinerarios completamente anónimos es un ejemplo de lo que una sociedad madura e instituciones competentes son capaces de hacer cuando se lo proponen. El final de Penamoa se debe, por supuesto, al trabajo impecable de un equipo eficaz y profesional donde los haya; al compromiso firme de un Gobierno municipal que no se dejó vencer por el desánimo ni por acosos indecentes; al impagable ejemplo cívico de algunas entidades vecinales -con la asociación de vecinos del Ventorrillo y la federación de asociaciones vecinales en primer lugar- y sociales que comprendieron que este era el momento de la lealtad y la responsabilidad y, como no, gracias a una ciudadanía que lleva tres décadas colocando la política social como su prioridad y en esta ocasión no podía fallar.
Solo quien ha tirado una chabola sabe cuánto trabajo y cuánto compromiso hay detrás. Qué decir de la eliminación de cien? Penamoa cae gracias al trabajo y al silencio de la buena gente. Para todos ellos, hoy, la satisfacción y el orgullo. Penamoa cae a pesar de aquellos que no dudaron en utilizar la miseria, la pobreza y el temor como armas electorales. Para ellos, la vergüenza.