Javier Rodríguez lleva 22 años vigilando desde la cima del monte Xalo
14 feb 2011 . Actualizado a las 14:09 h.Javier Rodríguez ha pasado casi la mitad de su vida en una caseta de hormigón de poco menos de cuatro metros cuadrados que está completamente aislada en la cima del monte Xalo. Es el vigilante forestal que en las últimas décadas ha estado pendiente de los incendios en esta zona. Confiesa que su amor al monte le hizo pensar que este era el mejor trabajo del mundo; aunque dos décadas a solas con la naturaleza le han curado un poco el enamoramiento: «Ahora siento mucha soledad, después de tanto tiempo...».
-¿Qué han sido más duros, los inviernos o los veranos?
-Los veranos, porque estás más inquieto y la vigilancia es más intensa; aunque el invierno es frío, húmedo y, como anochece más temprano, lo llevo peor. Además, los fuegos dependen más del clima que de la estación: algunos inviernos, como el del año 1996, fueron de las peores épocas.
-¿Cómo le ha ido al monte en los últimos años?
-En general va mejorando todo, los fuegos depende de los años, los hay más tranquilos, pero también hay otros en los que la gente se empeña en quemarlos. Hace unos dos años en el monte Xalo había una persona que plantaba focos de incendios todas las tardes... Era horrible, aunque, en general, está todo mucho más organizado que cuando entré a trabajar en el 1988. Lo único mejorable es que la gente no deje basura en el bosque, igual que se traen la comida, que se lleven los restos para tirarlos en un contenedor.
-¿Por qué se dedicó a esto?
-Fue una coincidencia, no lo busqué, aunque cuando uno tiende hacia algo siempre terminas cerca de eso, lo que me pasa a mí con la naturaleza. Yo estudiaba para ingeniero técnico agrícola en Lugo y un verano me quedó una asignatura para septiembre, me vine a pasar el verano a una casa que hay cerca de aquí y un día pasó un hombre por delante que me vio limpiando la maleza y me preguntó: ?¿quieres trabajar??, porque el agente forestal necesitaba una persona. Me convenció de que tendría tiempo para poder estudiar y los años siguientes me volvieron a llamar hasta que salió la plaza a concurso y entonces me la aseguré.
-¿Qué le preocupa más de su trabajo?
La responsabilidad que siento de que surja un fuego y que no sea el primero, porque para eso estoy yo aquí.
-¿Ha pensado en dejarlo?
-No, porque a estas alturas sería complicado encontrar otro trabajo y, además, este tiene sus ventajas, aunque ahora acuso mucho la soledad.
-¿Ha perdido su afición al monte o vuelve cuando tiene libre?
-Sigo pensando que es muy bonito, tengo muy visto el monte Xalo, pero busco la naturaleza en otras zonas y en mi casa tengo un caballo y perros. Yo vivía en A Coruña, pero deseaba quedarme en el campo.
-¿Qué secretos se pueden ver de la ciudad desde los 513 metros a los que está su caseta?
-¿Cuál es el mejor recuerdo?
-Tengo unos amigos entre la gente que pasa por allí. Normalmente los visitantes casi nunca me hablan, pero una vez un matrimonio joven, que estaba cogiendo setas, me preguntó y resulta que yo estaba leyendo una guía. Surgió una gran amistad. Además, me he topado con lobos, la semana pasada un jabalí enorme...
-¿Cómo le fue con los lobos?
-Una vez me encontré con uno joven, que me vio y se agazapó entre las hierbas, en lugar de escapar. Llegué a acercarme más o menos a cuatro metros y, al verse descubierto, se levantó y se retiró, después di marcha atrás y entonces pasó el lobo, por donde tenía previsto. Otra vez vi un par de ellos junto a la caseta y estos sí que me dieron un poco más de miedo, porque podían estar buscando comida. Hace unos años las yeguas que están por la zona parieron a diez potros, al año siguiente ya nacieron muy pocos. Dicen que cuando les atacan los lobos los caballos traen menos crías al mundo.
-He pasado ya cientos de noches en este mirador, que se llama Outeiro y desde el que a veces da la impresión de que algunas empresas lanzan humaredas tremendas al cielo durante la noche. Y cuando hay viento del sur se percibe mucho el olor de Sogama.
