«¿Cómo es posible que haya drogas en la cárcel?»

Juan Torreiro CULLEREDO/LA VOZ.

A CORUÑA

Dos reclusos relataron sus experiencias y saciaron la curiosidad de los alumnos del colegio Blanco Amor

17 nov 2010 . Actualizado a las 19:33 h.

«Hubo una época en mi vida que lo único que me importaba era conseguir dinero para una nueva dosis de droga». Así, sin pelos en la lengua, se recordaba César, un ex politoxicómano de 45 años e interno en la cárcel de Teixeiro ante una audiencia de medio centenar de alumnos de 16 años que cursan 4.º de ESO en el colegio Eduardo Blanco Amor de Culleredo. César cumple una condena de cinco años por varios delitos relacionados con el consumo de drogas.

La presencia en el centro cullerdense de César, así como la su compañero Juan, también preso en Teixeiro, respondió a la iniciativa del colegio y al de su directora, Carmen Rodríguez, de acercar sus testimonios en primera persona a los alumnos de último curso de primaria. Se trata de la segunda entrega del Plan Director para la convivencia y mejora de la seguridad escolar, un programa puesto en marcha por la Secretaría de Estado de Seguridad, que arrancó en 2007 como experiencia piloto, con el fin de acercar los Cuerpos de Seguridad del Estado a la comunidad escolar para colaborar en mejorar su seguridad y la convivencia en sus relaciones cotidianas.

Los dos reclusos ofrecieron dos charlas ayer a los alumnos del Eduardo Blanco Amor sobre su propias experiencias con el uso y abuso de las drogas. Los internos estuvieron acompañados por tres educadores de la Guardia Civil, encargados de desarrollar el Plan Director en el área metropolitana coruñesa y Ferrol, además de la psicóloga de la Asociación Ciudadana de Lucha contra la Droga de A Coruña (Aclad), Lorena Casete.

Vivencias en primera persona

Las dos intervenciones de los internos se abrieron con una charla explicativa previa sobre aspectos generales del consumo de drogas y la adición que provoca a cargo de la psicóloga de Aclad. A continuación, los alumnos guardaron un respetuoso silencio durante la charla de los dos reclusos, que contaron con una pasmosa naturalidad cómo las drogas se convirtieron el vehículo para su entrada en la cárcel. «Yo me inicié en las drogas a los 15 años para parecerme a mi hermano mayor», confesó César, natural de Sanxenxo quien se incluyó dentro de la generación perdida por la droga durante los años 80. César recordó pasar del consumo esporádico de fin de semana a la dependencia «casi sin darme cuenta». Este ex politoxicómano admitió una «obsesión por la sustancia», que le llevó a manipular, engañar, mentir y robar para conseguir dinero para una dosis. César reconoce que no «hay nadie que me espere para cuando salga de la cárcel pero lo que es seguro es que no iré por una nueva dosis y que intentaré ganarme el respeto de mi hija, que hoy cumple siete años», record ó.

A continuación fue el turno de Juan, un joven de Betanzos de 32 años que también arrastra una dura experiencia personal por el consumo de drogas. Juan logró desengancharse en varias ocasiones hasta que se vino abajo debido a una cascada de desgracias personales. Su situación fue tan extrema que sus padres lo echaron de casa «y estuve viendo de la mendicidad durante meses hasta que comencé a robar», asegura, y fue a partir de ese momento cuando su adición se disparó y «solo pensaba en reunir 500 o 600 euros diarios para drogas», confesó. Juan comentó que «ahora estoy en el módulo terapéutico de Teixeiro y estoy haciendo el acceso a la universidad para mayores de 25 años». A preguntas de los alumnos, los dos reclusos no tuvieron problemas para reconocer el consumo de drogas dentro de la cárcel, «donde hay de todo», aseguraron, «aunque el precio de las dosis dentro se triplica». Un alumno preguntó cómo es posible que entre droga en la cárcel, a lo que los internos respondieron que en ocasiones son las propias familias las que suministran las sustancias a los reclusos gracias «a nuestra capacidad para manipular», aseguró César. Tanto alumnos como reclusos salieron encantados con la experiencia, que definieron como «emocionante», y César apuesta por este tipo de iniciativas porque «hay que socializar la prisión hacia fuera», opina.