Cien personas esperaron todo el día un avión que no llegó

María Castrillo A CORUÑA/LA VOZ.

A CORUÑA

El vuelo que debería haber partido ayer a las 15.55 horas de Alvedro con destino a Londres hizo esperar en el aeropuerto toda la tarde y parte de la noche a más de cien personas desconcertadas por la falta de información. Finalmente, los viajeros abandonaron el aeródromo en autocares con destino a hoteles de A Coruña donde serán recogidos hoy a mediodía para volver a Alvedro, según explicaron varios que fueron avisados por un operario de Iberia sobre las diez de la noche.

«Aquí nadie de Vueling ha dado la cara para explicarnos el motivo del retraso», aseguró la guía de 42 miembros de la Unión de Pensionistas que iban a pasar ocho días en la capital inglesa. Se refirió a esta compañía porque es la que operaba el vuelo, a pesar de que los billetes los compraron en Iberia. Es más, fue el mismo empleado de esta última el que les confirmó que el retraso se debía a una avería en el avión que tenía que despegar de Barcelona sobre las tres de la tarde.

Los pasajeros también se quejaron de que hasta las siete y media no les confirmaron una posible hora de llegada (las once), que al final resultó no ser cierta. Durante ese período de tiempo los altavoces del aeropuerto comunicaron sucesivos retrasos y cancelaciones del mismo vuelo «sin aclararse», según comentaban los que tuvieron que dejar y recoger las maletas varias veces a lo largo de la tarde sin saber si el avión iba a llegar más tarde o simplemente no llegaba. Aunque los afectados reconocieron que al menos les dieron de comer dos veces.

Dos menores agobiados

José y Mara Ponte, londinenses de 13 y 15 años respectivamente, habían venido unos días a visitar a su abuela, que vive en Sada. Hoy empiezan el colegio y al ver que el avión no llegaba y no conocían a nadie en el aeropuerto comenzaron a agobiarse.

Así lo confesaron ayer después de conocer a Margarita Dans, «nuestra salvadora», que les adoptó durante unas horas: «Llamamos a sus padres, que estaban muy preocupados, ya que los niños no sabían lo que pasaba y tampoco podían darles una explicación, y sobre todo porque estaban solos». La historia de estos dos menores contribuyó a avivar las quejas de sus compañeros de viaje. Otras personas en cambio, se limitaron a decir que no tenían palabras.