La historia del Arctic Sunrise es la historia de una paradoja. Antes de convertirse en un barco de Greenpeace era un pesquero de focas con forma de bañera para avanzar en el hielo. Sigue visitando el Ártico, pero esta vez para atosigar a los que continúan matando animales de forma irracional. Ayer, este barco que se balancea en el muelle de Trasatlánticos por carecer de quilla, abrió sus puertas a los ciudadanos de A Coruña para mostrar parte de los secretos de Greenpeace.
Una voluntaria llamada Ana hizo de anfitriona al primer grupo del día. En la primera parada en popa descubrió un pequeño helipuerto así como una plataforma que engulle máquinas y zódiacs hacia las tripas internas del barco «para su reparación». En la sala de máquinas, los visitantes descubren un timón «demasiado moderno». «Yo también me llevé un chasco la primera vez que lo vi», dice Ana, natural de A Coruña, señalando dos palancas. Por detrás asoma uno de los capitanes, un canadiense de aspecto bohemio. Allí mismo se explica la importancia de los radares. «Estos son muy modernos, hasta hace poco solo identificábamos barcos, pero ahora también podemos saber el nombre, la nacionalidad y hacia dónde se dirige, eso facilita mucho nuestro trabajo», indica la voluntaria.
A lo largo de sus 50 metros de eslora, domina el color verde en este viejo barco. En el camino al estómago de la embarcación, los visitantes se topan con cuatro curiosos cilindros. «Son los salvavidas -aclara la voluntaria-, si el barco se hundiera se montarían automáticamente como unas tiendas de campaña flotantes». Una campana corona la proa, pero Ana evita el contacto. «Puede traer mala suerte».
El interior es un gran salón que sirve de taller de reparaciones, de pequeño rocódromo, almacén de bicicletas, enfermería y ayer un cine improvisado para mostrar vídeos de Greenpeace. La visita concluye por la parte inferior de la popa. Allí se acumulan varios contenedores perfectamente divididos. «No hará falta decir que aquí reciclamos todos», apunta Ana. Durante las largas singladuras, el habitáculo se llena de contenedores buscando un puerto donde vaciar los desperdicios. «Pero si atracan en países como la India tampoco la basura sigue con nosotros porque son países no preparados para tratar los restos», justifica Ana.