Ha colaborado en la extinción de un sinfín de incendios y atendido innumerables llamadas de emergencia en los últimos 35 años. Ahora llega el momento del retiro
«Es toda una vida. 35 años dan para apagar muchos fuegos». Así resume Alfredo Díaz todos estos años de servicio en el parque de bomberos de A Coruña, en donde entró como conductor, aunque terminase haciendo de todo: «El conductor no puede limitarse a llevar el vehículo. Tiene que estar pendiente de las bombas y las mangas, y de todo lo que sea necesario. Al fin y al cabo, trabajas en un equipo, y aunque cada uno puede tener su cometido, si hace falta, te metes donde sea», explica este veterano bombero que este año, al cumplir los 65, alcanzará la merecida jubilación.
Eso ocurrirá el 11 de mayo, «cuando, además, cumpliré 35 años y un mes exactos en el cuerpo», matiza. Y el retiro, en este caso, es merecido porque si algo ha hecho Alfredo a lo largo de su vida ha sido trabajar. Nació en Cambre, aunque reside en la ciudad desde niño. Con 18 años emigró a Suiza en busca de mejor fortuna, y allí estuvo dos años soltero, «pero regresé a España para casarme y hacer la mili, y después volví a trabajar a Suiza con mi mujer por otros seis años». A su vuelta desempeñó los más diversos oficios: «La cosa no estaba como para decir que no a nada. Trabajé en el muelle, en lo que llamábamos la lista del dedo, porque te llevaban dependiendo del trabajo que hubiese ese día», recuerda. Al cabo de unos años su vida pegaría un giro, de volante para ser más concretos, al entrar a desempeñar su labor en el parque móvil del Ayuntamiento como conductor mecánico: «Allí conduje ambulancias e incluso el coche fúnebre. Pero terminé con los bomberos. Aunque también estuve unos años como repartidor».
Podría escribir un apasionante libro de aventuras con los grandes incendios que tuvo que atender. El hotel España, el restaurante Trotamundos, la discoteca Mackinlays, el de Sánchez Bregua o el primero que se desató en uno de los silos del Burgo: «Todavía estábamos en San Roque. Salimos a eso de las 22 horas, y llegamos a casa para comer al día siguiente. Era el pan de cada día. Tenías que ir a trabajar preparado para lo que pudiera pasar, y sin hacer muchos planes para el día siguiente», asegura. Y quien padecía todo esto era su mujer, que, según admite el bombero, «muchas veces se enteraba de dónde estaba a través de la radio, porque escuchaba que había un fuego en no sé dónde. Tenemos unas mujeres muy especiales», reconoce.
«Bomberos, dígame»
Desde hace ocho años su labor se ha relajado, al menos desde el punto de vista físico. Permanece en la sala de operaciones, pendiente de los teléfonos, atendiendo cuanta emergencia surge en la ciudad con voz serena y mucha templanza: «Desde aquí se coordina el trabajo, así que no puedes ponerte nervioso. Sobre todo para intentar dar tranquilidad a quien llama. Y a veces no es fácil. Te dicen: ''Vengan corriendo a mi casa, que hay humo'', y tú les preguntas a dónde, y te insisten ''¡A mi casa, ya se lo he dicho!''. Así que hay que tener algo de mano izquierda», cuenta desde su puesto.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios