Una tienda de ropa de la zona centro, objeto de constantes grafitis, fue pintada en tres ocasiones. No habrá cuarta. Su propietaria dice que atraería a los vándalos
14 ene 2010 . Actualizado a las 12:00 h.La expresión reír por no llorar encaja a medida en la sonrisa de María Ausina. La puerta de su negocio, la tienda de ropa para niños Metro Kids, en la plaza de Santa Catalina, le hace torcer el gesto a cada lado. Cuando mira a la izquierda se encuentra un enorme corazón pintarrajeado con la firma de una tal Belén. Al otro lado lo mismo, con un añadido que indica Pijos Clothing y la dedicatoria que la incívica Belén le hace a sus amigas: «Para mis niñas», dice. María sonríe, luego pone cara de circunstancias y se pregunta en voz alta: «¿Y qué voy a hacer?».
Desde luego, no va a llamar a un pintor para que borre con pintura los efectos del vandalismo y la pésima educación. «Esta fachada ya se pintó tres veces -explica-. Yo llevo aquí un año. La tuve que pintar en una ocasión. La chica que estaba antes la pintó hasta tres veces. Esta vez nanai, yo ya dije que no la pinto. Si limpio hoy todo esto, mañana me dejan perdida la fachada otra vez».
Así ocurrió en la anterior ocasión. Tardaron algo más de un día. Quince, concretamente: «Lo pintamos todo y me lo volvieron a pintar en dos semanas», recuerda, especificando que los vándalos no solo se cebaron en los marcos y muros, sino que pasaron el chorro de sus espráis también por los cristales. «Eso es lo peor, porque lo tuve que lavar yo todo y cuesta muchísimo sacar toda esa porquería de los cristales. Llegas a abrir el negocio y te encuentras con esto y no sabes ni qué pensar, ni qué hacer, ni nada».
Para María la solución está clara: «Vigilancia, muchísima vigilancia, que los policías municipales estén aquí, que los multen severamente y que eviten esto, que es una auténtica guarrada». Aunque también imagina otra solución: «Me gustaría ver cómo quedaría la casa de estos chicos si yo fuera allí e hiciera lo mismo con un espray», dice mientras hace el gesto de pulsar un aerosol. «A lo mejor, si sufrieran ellos lo mismo aprenderían a respetar a los demás».
Estos hechos dice que influyen de manera determinante en el negocio. «Ya bastante complicado es sacar una tienda así adelante, como para que te pongan primero la plaza patas arriba y luego te hagan esto. Limpiar todo esto y pintar la fachada cuesta unos 200 euros. Y no te los paga nadie».
Zona conflictiva
En la plaza de Santa Catalina casi ningún local se salva de las pintadas. María señala al botellón, los skaters y el hecho de que el entorno lo favorezca: «Esto no es un plaza acogedora, sino de paso. Aquí no se instalan más que los del botellón. Los vecinos y los de los locales tenemos que sufrir las consecuencias de ello». No lo dice únicamente por las pintadas: «Esta maceta me la rompieron los chavales que están aquí con los monopatines y rompen todo».