Un gran paso para la ciudad

A CORUÑA

En menos de un mes se cumplirán cuarenta años redondos del primer viaje del hombre a la Luna. El 21 de julio de 1969, la nave Apolo 11 alunizó. A bordo viajaban los astronautas norteamericanos Armstrong, Aldrin y Collins. Al pisar tierra, mejor dicho, luna, el primero de ellos , exclamó: «Es un pequeño paso para el hombre, y un gran paso para la humanidad». La decisión de la Unesco de declarar a la Torre patrimonio mundial es nuestra particular llegada a la Luna.

Salvando las distancias, temporales, físicas y astronáuticas, pero no las emocionales que ha generado y generará, la declaración de ayer es un gran paso para esta ciudad, la que desde hace dos mil años tiene como vecino a un cíclope que, tan distinto a las leyendas homéricas, es nuestro protector, y ha contribuido sin lugar a dudas a cincelar el carácter de lucha y sacrificio de sus vecinos.

Cuando el arquitecto lusitano Gaio Sevio Lupus construyó, no sin ayuda, la torre de Hércules, seguramente ni se le pasó por la cabeza que dos mil años después un comité de una organización dedicada a la preservación de la educación, la ciencia y la cultura, la Unesco, iba a conceder al monumento un galardón que da prestigio y fama mundial y garantiza la vida eterna a su obra, que siglos después fue vestida en un elegante vestido neoclásico por Giannini.

Desde el día en el que Gaio fue contratado para la labor se han peinado muchas canas en la ciudad. Hemos vivido revoluciones, catástrofes, episodios heroicos, dramas pavorosos, éxitos gloriosos... e incluso hemos salvado al mundo de una epidemia de viruela. Así se las gastan los coruñeses... Por sus calles han caminado Gaio y Giannini, pero también Cornide y Tettamancy, María Pita, sir John Moore y Alexánder von Humboldt. Todo los éxitos y algunas miserias ha visto nuestro cíclope, que ahora aguarda, ojo avizor, la visita y las merecidas felicitaciones de sus conciudadanos. Hércules, que ha comprobado a lo largo de los siglos cómo los coruñeses han hecho honor a su nombre mitológico, afrontando con ánimo cualquier adversidad, debe ser ahora más que nunca correspondido.

Toca celebrar a lo grande este éxito, disfrutar de este momento único y, tan exclusivo, que pocas ciudades del mundo pueden presumir de él, pero los efluvios de la fiesta y la alegría no pueden hacernos olvidar que existen retos y cuentas pendientes. Enormes, monumentales y, en algunos casos, hercúleas, pero también de andar por casa... La distinción de la Unesco es un estímulo para avanzar en ellas. Durante estos días, el cíclope protector ha podido contemplar orgulloso cómo los ciudadanos marchaban juntos en torno a un objetivo. La unión de todos, como se ha visto, hace la fuerza. La torre de Hércules, o noso faro, nos ha puesto en bandeja una oportunidad histórica. Brindemos por ello de gozo, sí. Pero, al mismo tiempo, aprovechémosla.