Los quince alumnos de un curso de soldador impartido por el Forga mantienen la esperanza de que lo que aprendan les valga para incorporarse al mercado de trabajo
17 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Cuando llegaron allí «no tenían ni idea» de cómo soldar, ahora, pasado un mes, los alumnos del curso de soldador en Oleiros ya saben manejar el metal y algunos hasta se arriesgan a decir que les gustaría «hacer esto para el resto de la vida». En este grupo de quince alumnos de distintas edades, géneros, grados de estudios y procedencias hay una cosa que los une: la esperanza de que este sea el camino para salir lo más rápido posible de la temida realidad del paro.
Carlos Vicente, de 25 años, está desempleado desde hace seis meses y se animó a hacer este curso porque «hay siempre muchos anuncios para soldadores en los periódicos». Aunque las clases hayan empezado hace solo un mes, ya está pensando en hacer otros cursos dentro del mismo área para salir al mercado más preparado.
El profesor de soldadura, Manuel Formoso, explica que el principal problema de este curso es que «ellos aquí tienen los mejores equipamientos y chapas adaptadas, luego cuando llegan al mundo real la realidad es otra». «Como yo trabajo en el sector-explica Manuel Formoso-, intento adaptar las clases a las necesidades de las industrias». Sin embargo, el formador cuenta que en los tres meses que duran el curso es imposible que los alumnos salgan como un «oficial de primera». Pero eso no importa a las empresas ya que para ellas «coger a este tipo de gente» es siempre un negocio muy bueno pues «les pagan poco y, además, los pueden explorar, porque ellos lo que quieren es aprender».
Arquitecto
Ángel Sánchez es venezolano y emigró a Galicia en el 2003 «en busca de más seguridad». Este alumno del curso de formación en soldadura era arquitecto en su país de origen. «Aquí no me homologan el título y dicen que tengo que cursar tres años para que me den el diploma», cuenta.
Desde que llegó, ya tuvo un negocio propio y trabajó en la construcción, pero «con la crisis», acabó en el paro y en los últimos siete meses está manteniendo a su mujer y hijo «con los ahorros que quedan». Por ahora, solo piensa en encontrar trabajo, «sea en lo que sea». «Porque cuando salí de Venezuela cambié el chip y apagué de la memoria que un día fue arquitecto. Ahora hago lo que necesite para mantener mi familia», confesa.
María Peña, la única chica del curso, vive una realidad distinta a la de Ángel. A los 23 años, nunca tuvo «un trabajo registrado» y se inscribió porque tiene un amigo soldador que le dice que «hay mucha demanda».
Todavía con sus gafas de soldadura puestas, María cuenta que desde que empezó el curso, descubrió que «la soldadura se le da muy bien» y confiesa que no descarta hacer de de este oficio su profesión. Pero con el escenario económico actual, no está en sus planes quedarse en España. «Quiero irme a vivir a Canadá, allá la cosa está mejor», sostiene.