La saga del marisco en la plaza de Lugo

A CORUÑA

Mercedes Malvárez y sus dos hijas heredaron el puesto de su madre y abuela

04 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

María de la Merced Malvárez (Mery o la Gitana) reconoce con orgullo que el arte de comprar y vender marisco y pescado es fruto de los pinceles de su madre: Aurora Fernández Carneiro. Una mugardesa que ya de soltera compraba y vendía las riquezas del mar portando su cesta a la cabeza por las playas y plazas de Ferrol. Aurora se casó a los 19 años con un cabo de la armada que le compró sardinas para el cuartel, pero ella le había sisado una docena. Cuando el hombre le fue a reclamar las piezas, el amor nació entre ellos. Y fruto de él nació Mery.

La pequeña gitana empezó muy pronto a seguir los pasos de su progenitora: «A los nueve años me quedaba en las playas con una báscula y una bolsa con 50.000 pesetas para pagarle a las mariscadoras, mientras mi madre acudía a comprar a otros arenales». Mery no tenía miedo: «Mi madre le decía a nuestro competidor que me vigilase».

Cuando Mery contaba 13 años su familia se trasladó a A Coruña, pero el amor por el buen marisco no desapareció y tanto ella como su madre siguieron con el negocio. Adquirieron un puesto en la plaza de Lugo y comenzaron a bajar a El Muro a las 5.30 horas para comprar la mercancía. La mujer recuerda que compraban el mejor percebe del mundo, «el que Petrallo de Camelle extraía de buzo del fondo del mar y que vendía Isabel de Adelina». Cuando Aurora le dejó más libertad de acción, amplió su negocio a todo tipo de marisco, «y sobre todo el de mejor calidad». Recuerda que uno de sus mayores proveedores era y es Juan de Camelle, «el que trae el mejor producto de la Costa da Morte».

Savia nueva

A los 22 años Mery se casó y no esperó mucho a darle savia nueva a la plaza de Lugo. Tuvo tres hijos, un hombre y dos mujeres: «Me los traían al puesto de venta para que les diese de mamar. En invierno tenía mucho frío, pero quería alimentar a mis hijos con todo el amor del mundo». Su trabajo «de esclava de mis gustos» dio sus frutos a marchas forzadas, y pudo dar estudios a sus vástagos.

Pero la muerte le empezó a rondar a Mery. Le detectaron un cáncer. Esta situación motivó que se vistiese con el mandil de pescantina su hija Ana con tan sólo 24 años. Y no le defraudó a su madre. «Lo lleva en los genes», dice la Gitana. Pero a la obra aún le faltaba un acto. Ana y Mery trabajaban tan sólo marisco y sus clientes querían más. Y de pronto apareció la pequeña Aurora. «Mamá quiero dejar de dar clases de natación y bajar a la plaza», le dijo.

Y ahí estaba la oportunidad de atender las demandas de sus clientes. Mery compró otro puesto, y en las nuevas patelas brillan los ojos del besugo, sanmartiño, abadejo, mero...

Ella no se queja del gran esfuerzo que tuvo que hacer para llegar hasta aquí. «Este trabajo era y es muy esclavo, pero gracias a él aprendimos las tres a educarnos en todos los aspectos de la vida», y espera «que la saga continúe».